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Nos levantamos muy pronto ese día, de nuevo en el Monte Nebo, pero esta vez no visitaríamos Madaba, esta vez iríamos a una de las ciudades más importantes de la historia, Jerusalén.
Estábamos apenas a 40 km, pero aunque la distancia era ridícula, en otros muchos aspectos, la distancia iba a resultar enorme. Dejamos la furgoneta en un parking de la frontera jordana y tras los trámites necesarios cogimos un autobús durante unos kilómetros. Ya casi llegando al borde Israelí (o Palestino, según quien te cuente la historia), unos hombres subieron a pedir los pasaportes y se bajaron a un chaval que estaba al lado nuestro. Tardó unos diez minutos en volver, subió perplejo, era de Madrid, nos comentó que le habían preguntado si trabajaba en un circo, ya que otro chico había denunciado a un taxista y la única información que tenían de él era su ocupación circense. Una curiosa anécdota, que sirvió para conocer a Santi, sin duda un buen fichaje, lo que llamaríamos uno de los nuestros, y que estuvo con nosotros los tres días que estuvimos en la ciudad santa.
Al llegar a la frontera israelí ya se puede notar quién tiene el poder. Los equipajes pasan exhaustivos reconocimientos, al igual que las personas, que están obligadas a pasar por una especie de desinfección a base de aire, supongo que con algún componente químico. Casi todo el personal fronterizo era muy joven, cumpliendo el servicio militar, que en Israel es de tres años para los hombres y dos para las mujeres no casadas, obligatorio, por supuesto.
Silvia y yo estábamos un poco alterados cada vez que teníamos que enseñar el pasaporte, sabíamos que como nos pusieran el sello del país decíamos adiós al viaje, ya que en ciertos países como Irán o Siria está terminantemente prohibido pasar si se ha visitado este país. Finalmente nos pusieron una pegatina anexa al pasaporte, nos dieron una semana, sin pagar nada, ya tendríamos la “cuenta” al irnos.
Cogimos un autobús, ¡hacia Jerusalén!, Santi y yo casi no nos lo creíamos. Durante los escasos 25 kilómetros hasta llegar a la estación vimos las poblaciones palestinas alambradas por todas partes y en donde la población tiene que pedir permiso para poder salir. A pocos cientos de metros asentamientos israelís, sin tales trabas, aunque supongo que su población no vivirá en un estado de armonía y paz.

