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Tras nuestro bonito paréntesis en Al-Nnamatah nos dirigimos a la reserva natural de Dana. En apenas cuarenta minutos llegamos a un mirador, donde había una pequeña casa, que guardaba un señor. Estábamos en uno de los accesos a la reserva, pero el hombre nos dijo que no se podía acceder por aquí, que teníamos que ir a Dana Village.
Ya al atardecer invitamos al hombre a tomar unos tés y le enseñamos las fotos de Al-Nnamatah. Casualmente conocía a Lotfi, ya que había estado en el ejército con él. Se llamaba Ibrahim. A la mañana siguiente nos invitó a desayunar al calor de la estufa. Antes de ir hacia la reserva aprovechamos para coger agua.
No había mucha actividad en Dana Village, las pocas personas que había en la calle se nos quedaron mirando. Había uno o dos hostales con vistas al Wadi Dana, el enorme y profundo valle que se abre desde el pueblo y que comprende parte de la reserva. Comenzamos a andar enseguida, estaba un poco nublado, así que el camino se hizo agradable. Yo paraba cada diez metros y me ponía a mirar como loco con los prismáticos, esperando ver hienas o algún felino, aunque en realidad sabía que era muy difícil verlos, había leído que era casi imposible encontrarlos, aunque yo no perdía la esperanza, sabía que estaban allí, en algún sitio. El camino serpenteaba y el valle se iba haciendo cada vez más profundo, hacia adelante ni se veía el final del mismo. A la hora y media de estar andando buscamos un mirador frente a un gran acantilado y nos sentamos sobre unas piedras para comer.
Seguíamos buscando algún animal con los prismáticos, pero no hubo suerte, sólo vimos algunos pájaros, aunque en un par de ocasiones oímos cierto ruidos que no reconocíamos. Nos quedamos un rato callados, observando la profundidad del valle, el más rico en fauna de Jordania.
Mientras seguíamos bajando un ruido me llamó la atención, al acercarme, una negra y brillante serpiente salió disparada de un arbusto, apenas la vi, pero me dio un buen susto. Bajamos un rato más, otra media hora, hasta que decidimos volver, estábamos en el fondo del valle y habíamos bajado muchísimo. Igual que el descenso había sido cómodo, la subida se convirtió en un infierno gracias a la salida del sol y las empinadas cuestas. Llegamos exhaustos hasta el pueblo y nos metimos en una tienda a descansar, mientras el dueño nos daba palique.

