El intenso día que pasamos en Yazd ha sido una de nuestras mejores experiencias en Irán. Mientras se pasea entre las estrechas y solitarias calles de la ciudad antigua, rodeado de construcciones en adobe, parece como si te trasladases el siglo V, muchas de las calles están sin asfaltar y la arena calza las calles, entre algunas de las calles existen arcos que unen ambos lados con el fin de evitar la insolación, la luz y las sombras dan un ambiente muy especial. Yazd está entre los grandes desierto de Dasht-e Kavir y Kavir-e Lut, y en verano las temperaturas son escandalosas, nosotros mismos lo notamos y eso que estábamos a principios de marzo. Lo mejor es callejear sin rumbo fijo, de repente puede aparecer alguna mezquita de adobe o alguna plaza con tranquilos jardines, el silencio es abrumador, cuesta creer que estás en una ciudad de 400.000 habitantes, por las calles sólo se ve pasar alguna mujer oculta y desconfiada en su chador o algún hombre fumando en algún soportal, pero las mejores vistas de la ciudad están desde lo alto, a nosotros un hombre nos indicó como subir al tejado de una casa, sin duda él sabía que desde ahí las vistas eran espectaculares y desde luego que lo eran, se veían multitud de torres de ventilación, muy características en esta ciudad y los tejados de adobe muy bien cuidados, de color tierra clara, a lo lejos se divisaban algunos minaretes, como los de la mezquita del viernes, los más altos de todo el país, unas horas antes habíamos conocido a unas muchachas de Kermanshah, con las que nos hicimos unas fotos, al fondo las áridas montañas nos recordaban la dureza del desierto, que en este oasis da un respiro, algo que se sabía muy bien desde hace siglos ya que Yazd era una de las paradas más importantes en la ruta de la seda. Un japonés se nos unió en la cúpula, estaba haciendo un interesante viaje de cinco meses desde Uzbekistán a Estambul, con él estuvimos hasta que el sol nos dejó, picaba demasiado. En una de las plazas visitamos la antigua prisión que construyera Alejandro Magno, aquí un chaval engañó a mi tierno corazón, me llamó desde la entrada de una mezquita y en cuanto entré se puso a llorar, tenía unos papeles con escritos del Corán que parecía vender, yo le di un tomán (un euro) y salió disparado corriendo calle a través, menudo pícaro.

Decidimos volver a la furgoneta para descansar, antes llamamos a nuestros padres y nos comimos unas deliciosas brochetas de mollejas e hígado por apenas dos euros con la bebida incluida.

 

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