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Bandar-e Abbas nos había dejado un amargo sabor de boca y no queríamos abandonar el país con esa sensación, la ciudad de Kermán y sus alrededores servirían para reencontrarnos con el Irán que más nos gustaba, el de las bellas mezquitas y los animados bazares, el de sus gentes amables y curiosas.
La carretera que une ambas ciudades atraviesa de nuevo un paisaje montañoso y desértico, más árido si cabe que los anteriores, sólo algunos oasis con abundantes palmeras rompen el eterno tono ocre. Tardamos varias jornadas en realizar el trayecto, queríamos hacer un poco de tiempo antes de cruzar a Pakistán, muchos pasos de montaña estarían aún cerrados en la Autopista del Karakorum y las áreas del norte. La primera parada la hicimos a menos de cincuenta kilómetros del mar, de nuevo con nuestros amigos de la Luna Roja Creciente, ya hemos perdido la cuenta de cuántas veces nos han acogido en sus instalaciones. Esta vez no nos invitaron a comer pero antes de irnos por la mañana el jefe nos llenó el vehículo de comida: un litro de leche, dos panes, cuatro latas enormes de atún, salsa de limón para ensaladas y varias botellas de agua; hacía caso omiso a nuestro 'ya es suficiente, no se preocupe'.
La segunda parada fue en una mezquita de carretera, a menos de treinta kilómetros de Sirjan, paramos entre varios trailers con matrículas extranjeras. Una breve inspección me llevó hasta unas dependencias, como no, del servicio de emergencias, allí estaban Sadegh y Mojtaba. Esa noche no pasamos ningún momento con ellos, fue el turno de los camioneros uzbecos que también pernoctarían allí; eran cuatro hombres, tres mayores y uno más joven, simpáticos y charlatanes no dejaron de engalanar su país, lo comparaban con Irán, según ellos Uzbekistán es una maravilla de limpieza y orden, con buenas carreteras, comida buena y barata, un lujo para los turistas que se dejan caer por esta antigua parada de la Ruta de la Seda. Les hicimos saber que entraba en nuestros planes iniciales visitar su país, pero que las trabas que imponía el país intermedio, Turkmenistán, nos habían echado para atrás, sin comerlo ni beberlo habríamos tenido que desembolsar casi 600 euros sólo en visados y papeleos (o sobornos) fronterizos. Insistieron mucho en que fuéramos e incluso nos dieron sus direcciones y teléfonos de contacto. La guinda fue cuando nos regalaron un pan uzbeco y nos convidaron a dos grandes tazones de un guiso de carne y verduras cocinado por ellos mismos ante nuestras miradas perplejas, ¡una auténtica delicia para nuestros paladares!

