Qom nos había dejado un sabor agridulce y cambiamos de aires dirigiéndonos hacia el oeste, camino de Hamadán (la antiquísima Agbatana), una de las ciudades más frías del país. Sin saber muy bien si el rumbo que llevábamos era el correcto salimos de la ciudad por una comarcal, difícil de identificar en nuestro mapa, pero que resultó ser la más adecuada. Pasamos junto a extensas plantaciones y pequeños pueblos donde la gente se quedaba pasmada a nuestro paso, fue aquí donde recibimos las únicas precipitaciones en toda nuestra estancia en Irán.

En vez de llegar hasta Hamadán nos desviamos en un cruce que indicaba a las Cuevas de Ali Sadr, recordábamos haber leído algo sobre ellas en la guía y no dudamos en ir a visitarlas. El termómetro de la furgo marcaba cada vez menos grados y la nieve estaba de nuevo junto a la carretera, el síndrome Ankara casi nos hace retroceder, pero superamos nuestros miedos y llegamos hasta nuestro destino. En el último kilómetro un zorro cruzó la carretera y se dejó ver durante varios segundos, con su enorme cola roja y las orejas puntiagudas.

El aparcamiento de las cuevas es un recinto vigilado y cerrado, el guarda nos dijo que ya no se podían visitar y que debíamos esperar hasta el día siguiente pero que podíamos pernoctar allí si queríamos; esa noche la temperatura cayó en picado casi hasta cero grados. Por la mañana fuímos a la entrada, el guardia del aparcamiento nos había comentado que la entrada costaba ocho euros para los turistas, no nos había hecho mucha gracia, hasta ese momento la entrada más cara que habíamos pagado era de un euro en el Museo Nacional de Teherán, no sé si nos quiso tomar el pelo, el caso es que sólo nos cobraron 3.000 tomanes (menos de tres euros). Las cuevas son un ejemplo espectacular de paisaje kárstico, con un gran lago que se recorre en barca (más de dos kilómetros), parece ser que es el recorrido de este tipo más largo del mundo. El trayecto en barca es muy curioso, hay un guía que se monta en una lancha a motor o a pedales, ésta se conecta con otras cuatro embarcaciones para cuatro o cinco personas cada una, cuando todo el mundo está listo el guía arranca y todos juntos salimos de excursión a admirar estalactitas y estalagmitas; se llega a una plataforma desde la que se asciende por una gran sala que culmina en un café-bar en lo alto donde el camarero pone bacalao para animar el ambiente. En el regreso en barca nos cruzamos con varios grupos, era viernes, su día festivo, y las cosa se iba animando poco a poco.

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Rafa y Avicena