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Describir una ciudad como Isfahán es casi tan difícil como hacerlo con Estambul, sus numerosos monumentos, los puentes sobre el río Zayandeh, los artesanos del bazar y sus gentes hacen de ella una de las ciudades más bellas del planeta, para nosotros será un hito inolvidable en el camino.
Nuestra estancia fue de cinco días, tres noches las pasamos en un hotel y dos aparcados junto a la gran plaza del Imán. La verdad es que la elección del hotel no fue nada complicada, en el primero que entramos nos quedamos. El gerente, o quizás dueño, del hotel Aria nos recibió entusiasmado, uno de sus hijos vive en la ciudad de Marbella y está encantado de alojar a españoles en su hotel. El precio es fijo (aunque a nosotros al final nos hizo un descuentillo), veinte dólares la habitación doble con desayuno, son habitaciones amplias y con agua caliente, y nuestro baño tenía una enorme bañera, la primera que veíamos en nueve meses. Nos permitieron aparcar en la puerta todos los días, así teníamos bien vigilada la furgo. Este hotel se encuentra frente al hotel Abbasi, de lujo, en una zona muy céntrica, a cinco minutos del río y de la plaza del Imán, en él coincidiríamos con cuatro o cinco ciclistas rusos que estaban recorriendo parte del país en ese medio de locomoción, una gente muy rara.
La mayor parte de nuestro tiempo en la ciudad lo pasamos en la plaza, que nos tenía hechizados, pudimos vencer el encantamiento en dos o tres ocasiones, las necesarias para recorrer otros puntos de interés. Pero antes de nada decidimos intentar prolongar el visado, un taxista nos llevó hasta la comisaría que gestiona los pasaportes y allí una chica nos atendió rápidamente en inglés, fue muy amable pero nos dijo que no podía hacer nada, que aún nos quedaban quince días y que volviésemos la última semana, nos confirmó que en cualquier ciudad importante nos tramitarían la extensión del visado sin problema.
La segunda mañana anduvimos varias horas, primero nuestros pasos nos llevaron a la otra orilla del río atravesando el puente Sio-Seh Pol en dirección al barrio de Jolfa o barrio armenio, allí visitamos la Iglesia de Santa María y la Catedral Museo de Vank. El museo estaba lleno de gente, varios colegios o institutos estaban de excursión cultural en el lugar; sus vitrinas muestran todo tipo de objetos religiosos relacionados con la iglesia ortodoxa armenia, entre ellos el libro más pequeño del mundo, de 7 mm de alto, donde se recoge el Padre Nuestro en siete idiomas diferentes, entre ellos el español. Lo que más llama la atención es la primera sección de la planta baja a mano izquierda, aquí se expone un resumen del genocidio sufrido por el pueblo armenio a manos de los turcos en torno a la I Guerra Mundial (en época de Atatürk).

