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En busca de playas exóticas donde poder bañarnos en soledad comenzamos nuestro periplo por las costas del Golfo Pérsico tras la breve parada en casa de Mehdi. El calor en esta región de Irán es insoportable, y eso que estábamos en marzo, no quiero imaginarme como debe ser en verano, seguro que se alcanzan los 50 ºC. Cuando abandonamos Mohammed Ameri eran ya las tres de la tarde, no avanzaríamos mucho ese día ya que siempre tratamos de parar antes de que anochezca. Así lo hicimos, justo antes del anochecer, junto a un puesto de nuestros archiconocidos voluntarios de la Luna Roja Creciente. Tuvimos el tiempo justo para dar un paseo hasta la playa, muy sucia por cierto, y ver allí la puesta de sol. Esa noche, cuando ya estaba preparando la cena, vinieron a buscarnos para invitarnos a cenar, judías con atún, seguramente ambas cosas de lata y mezcladas luego en la olla, pero nosotros nos comimos todo como buenos huéspedes.
El pueblo de Taheri alberga los restos de un antiguo puerto de mar muy transitado en otras épocas, una gran mansión en proceso de restauración recuerda el esplendor que vivió el lugar en el siglo XIX. Pero el lugar contiene restos mucho más antiguos, los de una mezquita que previamente fue un templo sasánida y los de tumbas escavadas en las rocas y en el suelo, en algunas de ellas se pueden ver huesos humanos, nuestro guía insistió mucho en enseñárnoslas. Algunos de estos enterramientos pueden datar de épocas prehistóricas.
Realizamos la visita en compañía de un guía que trabajaba como voluntario de una ONG que se dedica a asuntos culturales y del patrimonio del país, nos recibió en la mansión y nos acompañó por todo el pueblo mostrándonos diferentes lugares de interés. Insistió en que fuéramos a su casa, un humilde hogar de reducidas dimensiones donde vivía con sus padres y hermanos, al menos eran siete u ocho miembros, más un perro y unas ovejas. El chico, que no tendría más de 17 años, estaba emocionado con nuestra presencia allí y, aunque no hablaba casi inglés, nos explicó muchas cosas de su pueblo natal.
En la playa del pueblo se bañaban los chicos, disfrutando de sus vacaciones de Año Nuevo, pero no vimos a ninguna mujer o chica en el agua, las pocas que vimos en esos días se bañaban con todos sus ropajes. Yo seguía empeñada en encontrar una playa solitaria y bañarme al menos sin el pañuelo, aunque fuera con pantalón corto, nunca perdí mis esperanzas...

