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Aunque es seguro que este país esconde grandes lugares para visitar, nosotros sólo nos queríamos acercar a ver Praga, su capital y una de las ciudades más bellas de Europa. Es la ciudad más grande de la República Checa, y la más importante a todos los niveles, desde el económico hasta el cultural.
Yo ya había visitado la ciudad en la primavera de 1995. El turismo estaba en pleno desarrollo, pero aún daba gusto pasear por las callejuelas solitarias de Stare Mesto, o Ciudad Vieja, y por sus plazas. Entonces era el mes de abril y en una semana pude ver Praga completamente nevada, bajo un chaparrón y bajo un cielo espléndido. Lo primero que observé el viernes 22 al llegar fueron las mareas de gentes desplazándose de un lado a otro, como si estuvieramos debajo de la torre Eiffel. Al menos no hacía calor, una temperatura de no más de 18 ºC nos acompañó toda la estancia.
A pesar de esta multitud ciertamente agobiante, la ciudad sigue siendo maravillosa. Después de un paseo por la plaza donde se encuentra el famoso reloj y por las calles de Stare Mesto, nos fuimos a cenar a un restaurante típico con comida típica, no faltó el Gulash acompañado con una especie de pan de patata que llena un montón, bañado con unas cervezas del lugar.
Historia de Praga
Praga se fundó como ciudad en el siglo IX, en donde se encontraban emplazados desde hacía siglos varios castillos bohemios y diferentes pueblos. La ciudad comenzó a ser importante en el siglo XIII gracias a sus relaciones con los germanos que la convirtieron en un gran centro comercial; llegando a ser la segunda ciudad más grande de Europa tras París en el siglo XIV.
Sufrió varias guerras y varias incursiones de otros pueblos hasta que en 1744 se rindió al poder de Prusia. Tras la I Guerra Mundial (1918) se convirtió en la capital de la nueva nación: Checoslovaquia. Fue ocupada por las tropas nazis durante la II Guerra Mundial, pero no se vió gravemente dañada. Aunque el pueblo judío que habitaba en ella si sufrió una fuerte persecución.

