Volver a Europa

Hicimos una entrada triunfal en este bello y conocido país. En primer lugar el paso fronterizo: el primero en el que nos hacen pagar por "nada". Tras despedirnos del personal macedonio llegamos a una zona en la que el asfalto brillaba por su ausencia y había unos extraños charcos en el suelo. Una mujer vino corriendo con un papel en la mano exigiendo el pago por la necesaria desinfección del vehículo: 4 euros. Esperando la subsodicha desinfección llegamos al control de pasaportes, todo muy correcto, había un oficial que hablaba español y se emocionó mucho al vernos. Justo antes de llegar a la carretera otro hombre uniformado nos exigió otro pago por uso de las carreteras: 4 euros (se supone que sólo incluía el mes de agosto por la pegatina que aún llevamos en la luna delantera). Aún seguimos esperando la desinfección... llegamos a la conclusión de que esos charcos eran eso que tanto esperábamos, y que con "lavarnos" las ruedas ya quedábamos desinfectados.

No habían pasado ni cinco kilómetros cuando llegamos al primer pueblo. Tras pasar un grupo de casas empezó de nuevo el campo, cien metros después la policía búlgara nos daba la bienvenida con una multa por exceso de velocidad. Rafa no se lo creía, no dejaba de repetirme: 'pero si yo iba a 90; había puesto el piloto'. Y así era, pero lo que él no sabía es que aunque no hubiera casas aquello seguía considerándose el pueblo hasta que otra señal no indicara lo contrario, y por tanto la velocidad máxima era 50 Km/h. Caían como moscas, aquello era una vil trampa. La multa era de 20 euros y la tendríamos que abonar en la frontera al salir del país.

Con el disgusto seguimos camino hacia Blagoevgrad con la ilusión intacta a pesar de los avatares. Pensábamos en el reencuentro con Elena y su familia, y su habilidad culinaria. Rafa se moría por comer un 'tarator'- sopa fría de yogur con pepino y una hierba parecida al eneldo-. Tras despistarnos por varias comarcales al final llegamos a nuestro destino. La ciudad no parecía haber cambiado nada, algunos restaurantes y tiendas ya no existían, pero más o menos todo seguía igual. Lo que si había desaparecido era el mercado al aire libre en el que cuatro años antes comprábamos la fruta y la verdura. En su lugar había un recinto cerrado con puestos, para nosotros perdía todo el encanto, pero así el invierno no se hacía tan duro para los comerciantes.

 

 

 

 

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