![]() |
| |
Dejamos atrás Croacia con nuestro nuevo y reluciente tubo de escape camino de Mostar, la ciudad maltratada por ambos bandos durante la guerra de los balcanes.
Llegamos de noche y aparcamos para dormir en el primer sitio que encontramos. En realidad no sabíamos mucho de la ciudad, ni de su triste pasado, ni de su atractivo turístico, ni siquiera sabíamos si lo tendría. Sólo habíamos oído hablar del "Viejo puente", símbolo de la ciudad y destruido durante el conflicto. Quizás nos llevó allí cierta morbosidad que, como comprobaríamos por la mañana, sería sobradamente saciada. Al levantarnos no sabíamos muy bién hacía donde ir y nos pusimos a andar sin rumbo fijo. Enseguida vimos el estado de los edificios de la ciudad, enfrente de nosotros, mientras atravesábamos un destartalado parque, apareció un edificio de oficinas destrozado, la visión fue bastante impactante. A medida que seguíamos andando veíamos multitud de edificios repletos de agujeros de metralla, que parecían símbolos mudos y perennes de la sinrazón. Más tarde nos explicarían que ni la ciudad ni el país tenían aún los recursos necesarios para rehabilitar estos edificios. Pensé que, posiblemente, muchos se quedarían en este estado para siempre. Continuamos perdidos durante un rato hasta que llegamos a orillas del río Neretva, tras cruzar un puente moderno entramos en una zona más animada de la ciudad, un paseo peatonal lleno de terrazas y tiendas. Al poco llegamos a una pequeña mezquita otomana, en su entrada había una foto del estado en que quedó tras la guerra, por fortuna estaba siendo reformada. Una guía nos explicó que la mezquita fue diseñada por un discípulo de Sinan, el insigne arquitecto de Solimán el Magnífico, que tambíen construyó obras maestras como la mezquita de Suleymaniye, en Estambul. Tras la visita a la mezquita la chica nos explicó como ir a la parte vieja de la ciudad y nos dirigimos hacía allí.
Lo que vimos en esta zona no tenía nada que ver con lo que habíamos visto antes. La zona vieja, dominada por el viejo puente, estaba repleta de turistas que tomaban café en alguna de las terrazas con vistas al puente y al río, o bien hacían sus compras en las numerosas tiendas apostadas en las callejuelas empedradas.

