![]() |
| |
Aquella mañana nos depertamos en Alemania, a tan sólo unos pocos kilómetros del primer pueblo austriaco de nuestro camino. Después del puerto nos hallamos en una valle rodeado de montañas que invitaban a caminar y respirar, así lo hicimos. Nos dimos un paseo por un camino forestal que se adentraba en el bosque; en seguida el ambiente se hizo más fresco y la fauna local hizo su aparición.
Nos acercábamos a Innsbruck por la carretera denominada "Alpenstrasse", e íbamos dejando el pico más elevado de Alemania al norte cuando nos encontramos con un paisaje de espectacular belleza (como otros miles que esperamos encontrar). Cerca de la localidad de Ehrwald hallamos unos lagos de montaña idílicos, con las montañas al fondo; el lugar merecía una tanda de fotos. El lugar es tan bonito que el turismo ya lo ha explotado, no faltaban las cafeterías y tiendas de recuerdos (pero éstas no eran tan merecedoras de nuestra cámara).
Innsbruck nos dejó con la boca abierta desde el primer instante. La ciudad no puede encontrarse en mejor lugar, el río Inn lo atraviesa dejando a ambas orillas edificios de singular belleza. Y las montañas están en todas las esquinas, no hay calle desde la que no se sientan los Alpes.
En el que hoy es el suburbio de Wilten se hallaba el antiguo poblado romano de Veldidena. Pero Innsbruck como tal no es mencionada hasta el siglo XII, y no es nombrada capital del Tirol hasta 1420. En el siglo XV se construye el castillo de Fürstenburg, coronado por la conocida Goldenes Dachl, una logia gótica de color dorado. Fue mandado construir por Maximiano I, y su techo está cubierto por 2.657 láminas de cobre dorado, de ahí su nombre (foto en página siguente).
El ambiente que se respiraba en la ciudad era muy agradable, con los tranvías circulando por las avenidas principales y la gente paseando por las calles y por las orillas del río. ¡¡Nada que ver con lo que nos esperaba en Praga o Venecia!!

