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Recogimos a Gema y a Laura a las dos de la madrugada en el aeropuerto de Tesalónica, al norte de Grecia. Con la emoción no podíamos pensar en dormir y nos dirigimos al puerto de la ciudad para tomar algo y charlar un rato. Nos encontramos con cuatro o cinco barcos amarrados tranformados en bares de copas, cada uno con su estilo particular. A la entrada de cada uno de ellos había un cartel con unos horarios muy raros. No entendíamos de qué iba el tema, así que preguntamos en uno de ellos: cada dos o tres horas los barcos se ponían en marcha y daban un paseo de media hora, cada barco tenía horarios distintos, con lo que en ningún momento se encontraban todos amarrados. Decidimos probar la experiencia en el más auténtico de todos, nos subimos unas cervezas a cubierta y al cabo de una hora el barco partió. Después del paseíto decidimos irnos a dormir, el amanecer empezaba a amenazarnos y al día siguiente nos esperaban los monasterios "suspendidos" de Meteora.
Llegamos a la zona sobre las tres de la tarde. Se suponía que había autopista casi hasta Meteora, pero está aún en construcción, y al ser tan abrupta la zona tardábamos bastante en recorrer las carreteras. Fuimos directamente al monasterio Moni Megalou Meteorou o Gran Meteoro, el más grande y completo y desde el que se dice que hay las mejores vistas de la región. Se hizo el más rico y poderoso gracias al emperador de Serbia Simeón Uros, que legó toda su fortuna y se hizo monje.
El aparcamiento estaba concurrido, pero un sitio aguardaba a la furgo cerca de la entrada. Tras subir una buena tanda de escalones llegamos a la entrada del monasterio, pagamos dos euros por persona. Una vez dentro se podían recorrer varias estancias: unos talleres de carpintería, los comedores, la capilla, las cocinas... A través de una puerta se podía observar el osario, donde se guardaban los huesos de los monjes que allí habían vivido, Gemita no quiso ni asomarse, pero otros pudimos observar como se guardaban las calaveras en estanterías y en la parte más baja de la estancia el resto de los huesos. Había un jardín interior con unas vistas impresionantes de la zona y una pequeña iglesia bizantina con un interior muy recargado, donde se guardaban manuscritos y reliquias.

