Nos costó regresar, los autobuses partían de la estación como latas de sardina, intentamos subirnos a uno pero no podíamos respirar, de nuevo un intercity fue nuestra salvación. Con el estómago recordándonos que ya era la hora de cenar anduvimos de nuevo el camino desde la carretera hasta el hostal y decidimos ir a cenar al italiano que anuncia la guía como el mejor del país. Allí nos encontramos con las chicas acompañadas de la israelí, nos sentamos todos juntos y Rafa pidió unos carbonara y yo unos espaguetis con ajo y guindilla (ya le he cogido el gusto al picante); a Rafa no le convenció nada su plato, las demás nos quedamos satisfechas, aunque todos coincidimos en que era la cena más cara que habíamos pagado en Sri Lanka, y no la mejor.

Al día siguiente, después de compartir con Teresa una cafetera de un litro de café de puchero, Rafa y yo nos fuimos al mar, sabíamos que ésta era una buena playa para hacer snorkel y yo tenía todo el vicio. Alquilamos el equipo y nos lanzamos al mar, en menos de cinco minutos se llega a un pequeño, minúsculo, arrecife donde volví a ver aquellos peces de colores de Aqaba, los peces loro enormes, los peces globos y los mariposa de diferentes tonos amarillos y azules, cierto es que no había tanta variedad como en el mar Rojo, ni el agua estaba tan clara, pero aún así disfruté como la primera vez.

Estábamos tan a gusto en nuestra casa que a Teresa se le ocurrió la brillante idea de cocinar una cena a la española, tras pedir permiso a la dueña para usar su cocina fue a hacer la compra: filetes de tiburón, gambas, calamares y ensalada.

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En el exterior de los muros el bullicio era ensordecedor, pero una vez dentro se hizo la paz. La ciudad vieja de Galle está formada por un entresijo de estrechas calles en cuadrícula, en las que se pueden ver antiguas mansiones coloniales, una de ellas convertida en museo, y varias iglesias. La primera fortificación fue erigida por los portugueses, más tarde ampliada por holandeses y finalmente por ingleses, es posible caminar toda la muralla rodeando la ciudad. Nos habían comentado otros viajeros que la gente es un poco agobiante aquí, pero a nosotros nadie nos molestó, sólo hubo un chico que se ofreció a saltar al mar desde la muralla a cambio de unas rupias. El paseo acabó al atardecer junto a la torre del reloj, cuyas agujas están paradas marcando desde las navidades del 2004 la hora del tsunami que tantas vidas se llevó en la isla, nadie en la ciudad podrá olvidar que aquel desastre ocurrió a las 9h25 de la mañana.

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