El autobús nos dejó a la entrada del pueblo de Unawatuna, caminamos durante 10 minutos y un hostal llamó nuestra atención, parecía una casa de huéspedes con su balcón, su jardín, muy acogedora. Rafa se quedó en el piso de abajo mientras yo subía a comprobar cómo eran las habitaciones, visité una, me gustó, entonces me acerqué a ver el balcón, en ese momento una mujer salía de una de las habitaciones, cuál fue mi sorpresa al ver que era Teresa, la mujer de Bilbao que habíamos conocido en Navidad en una playa de Goa. Nos dimos un gran abrazo, y sin ninguna duda decidí que nos quedaríamos allí esos días.

Teresa estaba lista para salir, tenía que ir a Galle a cambiar dinero o a sacarlo del cajero, pero aún así decidió quedarse con nosotros a conversar un rato que se convirtió en más de una hora. Nos pusimos al día de lo que habíamos estado haciendo el último mes y medio, ella nos contó como había acabado nuestra aventura con los vendedores de Mandrem, en Goa, nosotros por nuestra parte le contamos nuestro viaje por Karnataka y Kerala. Aunque cuando la conocimos se encontraba sola su viaje por Sri Lanka lo estaba realizando con otra chica, Rakel, una navarra de nuestra edad, en esos momentos se encontraba acostada en la habitación, algo que había comido la noche anterior le había sentado mal y necesitaba descansar. Aunque teníamos ganas de seguir charlando y charlando nos tuvimos que despedir por el momento, a Teresa le iban a cerrar los bancos; nosotros nos acomodamos en la habitación y fuimos a inspeccionar el pueblo.

La playa era larga y estrecha, tan estrecha que casi no había sitio para colocar las toallas, los chiringuitos se sucedían uno detrás de otro y algunos turistas descansaban en las hamacas al borde del agua. En el extremo occidental se levantaba una pequeña colina donde había un templo budista. Teresa nos había recomendado un restaurante más barato de la media, el Hot Rock, allí mismo comimos unas raciones de pescado y buey al curry con arroz. Luego regresamos a la casa a echarnos la siesta, el calor no invitaba a nada más, yo me quedé hablando en la terraza con los demás inquilinos, Teresa, un francés que terminaba aquí su escapada de un año por Asia, una israelí un tanto estirada y Rakel.

Esa misma tarde Rafa quiso que fuéramos a visitar la ciudad fortificada de Galle, anduvimos hasta la carretera principal y allí paramos a uno de los frenéticos autobuses que recorren el sur del país. Una vez allí fue fácil orientarse, la ciudad nueva se extiende junto a la nacional que va a Colombo, mientras que la ciudad antigua es un reducto junto al mar.

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