![]() |
| |
Dejamos Polonnaruwa a la hora de comer, para ello nos fuimos a la cercana estación de autobuses de Kaduruwela. Mientras yo cuidaba nuestro equipaje Rafa compraba algo de comida para el trayecto, unos pastelitos de lentejas, algo de fruta y unas chocolatinas.
Aunque los trayectos son cortos se tarda mucho en recorrer en autobús, la media no es superior a 35 Km/h, no lo creeríais si os pasa uno cerca, en algunos tramos van como locos, yo diría que a más de 80 Km/h. En este caso a la tardanza se sumo un control de policía a dos kilómetros de nuestro destino, todos los pasajeros tuvimos que bajar con nuestros equipajes, pasar el control y volvernos a subir al mismo autobús que por su parte también había sufrido su registro. La cercanía de las ciudades antiguas a zonas de control tamil hace frecuentes los controles.
El Round Ticket incluye la visita a Sigiriya, que por separado cuesta otros 20$, no así la visita a las cuevas de Dambulla, nuestra siguiente parada. Decidimos ir directamente allí porque las comunicaciones son mejores que desde Sigiriya, a donde se puede llegar fácilmente en autobús en media hora. Cuando nos dejó el autobús en medio de la ciudad era la hora de más calor, nos tocó caminar más de media hora hasta la zona donde se encuentran las cuevas y los hostales, bastante apartados del centro. Los primeros hostales no nos convencieron, más que nada por el precio, sin embargo en el Saman Hostel fueron muy amables y nos dejaron la habitación por 700 rupias (5 euros). Este hostal es muy agradable y el cocinero es un fiera, nos preparó una cena maravillosa que no pudimos terminar, a base de curries de verduras, buey, arroz, mango, salsa de coco y alguna cosa más, al menos había diez o doce cuencos con delicias sinhalesas.
Pero antes de la suculenta cena fuimos a visitar las cuevas que tanto renombre dan a la localidad. Un poco gruñones nos acercamos a la taquilla, no entendíamos porque el Round Ticket de 40$ no incluía las cuevas (te arruinas pagando entradas en este país). Desembolsamos las 500 rupias por barba y ascendimos la escalinata y la supercuesta que te lleva hasta la entrada, el cielo parecía que se iba a poner a rugir de un momento a otro. El contraste de su tono plomizo con el verde de las colinas cercanas nos mantuvo un rato en la barandilla exterior, fue el tiempo justo para que nos diluviara encima antes de llegar a la primera cueva, donde un buda gigante descansaba recostado sobre su lado izquierdo, ocupaba él solo la diminuta cueva.

