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En Induruwa nos alojamos en el hostal Long Beach Cottage, regentado por un hombre casado con una mujer alemana, el lugar era muy acogedor, con habitaciones amplias y un jardín con acceso directo al mar. La primera noche nos tocó cena frugal a base de crackers, quesitos, yogur con miel y fruta, aquello estaba desierto y era muy tarde para pedir cena en el hotel. Tras la cena Rafa y Teresa se echaron su primera partida de ajedrez mientras los cuatro nos enfrascábamos en una de nuestras eternas e interesantes conversaciones.
Por la mañana, después de casi dos horas desayunando, nos fuimos los cuatro a visitar los Brief Gardens cerca de Aluthgama, a apenas diez kilómetros de distancia, nos montamos todos en el mismo rickshaw y en media hora estábamos allí. Los famosos jardines son propiedad privada, se encuentran en una finca con una mansión-museo que también se puede visitar. La entrada nos costó 500 rupias, 50 a cada uno por el jardín y 300 más para que Rafa visitara la vivienda y tomara fotografías de su interior. Nos dimos un buen paseo y, la verdad sea dicha, a mi no me parecieron unos jardines increíbles, aunque no soy experta en el tema.
En vez de visitar Bentota directamente, regresamos al hostal a descansar, por la tarde cogimos un autobús para recorrer los cinco kilómetros que nos separan del centro turístico de la zona. En Bentota queríamos ir al bazar, preguntamos el camino a unos hombres que nos indicaron una dirección, pronto nos vimos caminando por un camino asfaltado junto a un hombre que comentaba que él iba en la misma dirección, pero que claramente esperaba sacar tajada si hacíamos alguna compra. En primer lugar nos guió a unas tiendas de souvenirs, le explicamos que no era eso lo que buscábamos, queríamos ir al mercado del pueblo, donde hay todo tipo de tiendas. Hizo como que comprendía y seguimos caminando hasta comprobar que aquello no llevaba a ninguna parte, una hora después nos topamos de narices con una gran tienda de recuerdos de donde salían rickshaws con guiris que se dejaban los cuartos allí. Era casi de noche y no habíamos conseguido llegar a ninguna parte, desesperados regresamos hacia la nacional, montamos en un tuctuc pidiéndole que nos llevara a un restaurante barato, de nuevo un chasco, nos deja delante de la puerta de un hotel de lujo, donde a los de ya por sí exorbitantes precios había que añadir un 10% del servicio y otro 15% de las tasas. Continuamos andando y nos acomodamos en un restaurante con aspecto bastante local, no tenían de nada pero nos hicieron creer lo contrario, al traernos los platos aquello fue un desastre, sobre todo para Teresa que decidió no cenar, mosqueada con la tarde-noche que nos había tocado pasar, luego cenaría algo en un chiringuito frente al hotel.

