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Saludamos al Océano Índico de nuevo y hacíamos nuestra primera visita al mar en Sri Lanka, a la costa que fue seriamente dañada por el Tsunami, no nos faltarían testimonios de la tragedia durante toda nuestra estancia en la costa sur del país.
Pero Mirissa fue tocada por la fortuna durante ese fatídico día, mientras que a pocos kilómetros hubo pueblos arrasados, a Mirissa no le llegaron ninguna de las olas asesinas, o le llegaron con menor fuerza. El autobús que nos traía de Ella se pasó de parada, por lo que tuvimos que andar con nuestras mochilas durante un rato hasta llegar a la zona de hostales, enseguida echamos de menos el frescor del interior, aquí el calor húmedo era uno de los protagonistas. Por suerte no tuvimos que buscar mucho a lo largo de la carretera atestada de hostales y que corría paralela al mar, apenas a 40 metros. Nos alojaríamos en una casa de huéspedes de estilo colonial, uno de los chavales que llevaba el hostal nos ofreció una de sus habitaciones en un jardín, era el lugar perfecto.
Tras una reparadora siesta empezamos a investigar por los alrededores, la playa de Mirissa tendría unos 500 metros, llena de palmeras y con fina arena blanca, pero no muy apta para el baño, había grandes olas, de hecho este es uno de los lugares famosos en Sri Lanka donde los surfistas practican sus habilidades con la tabla. Decidimos andar por la orilla hasta una colina, tras la cual nos habían dicho había dos pequeñas bahías con sus respectivas playas, al llegar estaba todo solitario, sólo una familia local andaba revolviendo la arena, en busca de restos de córales o conchas, nos sentamos sobre unas rocas frente al mar y pasamos el rato hasta que se puso el sol, sin darnos cuenta de que el mar cubrió por completo una de las playas, que daba acceso al sendero que conducía a Mirissa de nuevo, por lo que tuvimos que arremangarnos un poco.

En vez de coger el mismo camino iríamos paseando entre la jungla, de vez en cuando aparecían algunas casas, ocultas entre las palmeras. Esa misma noche nos pegaríamos una romántica cena en un chiringuito junto al mar, las mesas estaban directamente en la arena, todo muy coqueto, con el omnipresente icono de la bandera de Jamaica tras la barra.
Me levanté muy temprano a la mañana siguiente, con el objetivo de ver a los famosos Stick Fishermen, los pescadores locales que se suben a palos hundidos dentro del mar para pescar, pero no los encontré, aún así aproveché el madrugón para irme a ver a los pescadores de toda la vida, que muy cerca de la orilla, red en mano, se metían con sus barcas para luego sacar su recompensa.