Una media hora después nos alejamos de la orilla y caminamos dirección al Templo del Diente de Buda, en torno a él se encuentran algunos de los sitios de interés de la localidad. Una estrecha carretera asciende junto al Museo Nacional en dirección al Cementerio Británico Garrison, la entrada estaba abierta y no se veía al guardia, cuando llevábamos unos minutos apareció y comenzó a contarnos anécdotas, conocía los detalles de las muertes de todos los allí enterrados, muchos muertos por fiebres maláricas o abatidos por elefantes. Le dimos una propina por la compañía y las explicaciones y continuamos hacia el museo, incluido en el Round Ticket. En el interior se exponen muchas cosas variopintas, desde muebles de madera maciza a animales disecados o esculturas a tamaño natural de unos reyes. De allí nos dirigimos al cercano Palacio Real que, bajo el asombro de las personas que andaban por allí, se encontraba cerrado, como abandonado.

Le tocaba el turno a los templos, el Natha Devale, el Pattini Devale y el Vishnu Devale, los dos primeros comparten un patio con varias pequeñas dagobas blancas y algunos bodhitrees. La zona tenía mucho ambiente, muchos fieles, tanto hindus como budistas, realizando sus plegarias y sus ofrendas en distintos puntos del recinto, un grupo de creyentes sentado en el suelo escuchaba con atención las enseñanzas de un monje, todos resguardados del sol bajo un gran árbol.

La mañana había sido muy provechosa, nos merecíamos un almuerzo y una siesta, esta vez optamos por la amplia variedad de pinchos (no como los nuestros, por supuesto), pastelitos de carne o verduras, canapés de salchicha y milhojas salados rellenos de distintas cosas. El local elegido fue el Delight Bakers and Sweet House, donde de postre podríamos escoger entre decenas de dulces y pasteles.

Por la tarde seguimos inspeccionando los alrededores, en una esquina del lago visitamos la tienda gubernamental Laksala, los precios no eran muy elevados, como pudimos comprobar días después en nuestra estancia en las playas del suroeste. Aún así no compramos nada, no queríamos cargar con muchas cosas, aún nos quedaban muchos días en Sri Lanka; bueno, esta excusa duró menos de una hora, una vez en el mercado acabamos adquiriendo un asiento de cuero triangular con sus tres patas de madera, eso sí a precio local tras una dura negociación, fue una excelente adquisición por unos cinco euros. También miramos los bellos batiks, pero los precios eran astronómicos, finalmente compramos una tela en una tienda local, exactamente la misma que usan los hombres de falda, porque aquí, como en el sur de la India, todos llevan una tela como si fuera un pareo, a veces por encima de la rodilla y otras hasta los pies.

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Ropas de monje secándose al sol
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