Llegaríamos a Ella al atardecer, tras nuestro inolvidable trayecto en tren desde Kandy. Enseguida un hombre montado en una furgoneta nos ofreció ir a su hostal, como estábamos algo cansados casi aceptamos al instante y fuimos a echar un vistazo a las habitaciones que nos ofrecía. Pasaríamos las tres mejores noches en Sri Lanka, en el Sun Top Hill, en una habitación de lujo en una casa de dos plantas, con balcón propio y una terraza con vistas inmejorables.

Después de ubicarnos tocaría la hora de cenar, elegiríamos un pequeño restaurante local, con sólo dos mesas, decorado con mezcla de posters de dioses hinduistas y budistas y con unos coloridos hules que cubrían las mesas. La propietaria enseguida nos resultó encantadora, era de avanzada edad, una madraza para entendernos, muy baja y muy delgada, con una piel muy morena y arrugada. La comida era local pero el postre fue lo que nos encandiló para el resto de los días, un exquisito y gran yogur de búfala con miel extraída de resina de árbol, un deleite para los sentidos. Tras la suculenta cena nos dimos un paseo por el pueblo, en realidad tardamos poco, ya que el pueblo tiene una calle, repleta de hostales y restaurantes, digamos que es la parte turística y la mayoría de la población se dispersa en una extensa área, distribuida entre las decenas de frondosas colinas que rodean a la población y los campos de té. Al día siguiente nos daríamos una vuelta de dos horas hasta Ella Rock, una imponente roca que se eleva desde lo profundo de un valle y que sirve de símbolo y atracción al turismo. Para la caminata cogimos las vías del tren, que en muchos tramos estaban ocultas por la densa vegetación, no éramos los únicos que elegíamos esta opción, al ser la más corta para dirigirse de un lugar a otro.

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Al llegar a la siguiente estación tras Ella cogimos un sendero hacia Ella rock, a nuestro paso dejábamos a agricultores atareados y algunas chozas de bambú, nosotros practicábamos nuestro "Ayubowan", Hola en Sinhales, y recibíamos calurosas sonrisas. Enseguida nos metimos entre los campos de té y enseguida nos vimos rodeados por ellos. El camino comenzó a subir seriamente y a mitad del mismo nos vimos perezosos para continuar. Aún nos quedaba un rato para "hacer cumbre" y las vistas nos merecían lo suficiente la pena como para seguir pateando. Decidimos perdernos un rato para volver, atravesando otros campos de té cogimos un sendero que corría paralelo a un profundo valle, el rumor lejano de una cascada nos orientaba en cierto modo. Junto a una roca nos paramos a deleitarnos de las espectaculares vistas de la zona. Frente a nosotros aparecía todo el esplendor de la densa jungla, cascadas de agua, pinos, bambúes, campos de té, palmeras y otras especies de árboles cubrían todo el escenario. Simplemente sentados nos quedamos un rato, hasta que le preguntamos a una mujer que pasaba si era el camino a Ella, nos dijo que sí, pero que era más largo. Al final llegamos a la carretera, pero nos dimos cuenta que nos teníamos que dar una buena caminata cuesta arriba hasta llegar al pueblo, nos lo tomamos con calma, la verdad es que le temperatura era agradable, lo único que temíamos es que las negras nubes que acechaban arreciaran sin avisar, como ya habíamos vivido en Anuradaphura.