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Trajes pakistanís

Esa misma tarde le echaron un ojo a nuestro hogar y nos dijeron que se pondrían al trabajo al día siguiente. Según pasaban las horas y los días fuímos conociendo a todos los trabajadores del taller, a los familiares de Munir y a una serie de personajes que aparecían cada día por allí. Cada mañana el lechero nos traía leche fresca para desayunar, el té nos lo proporcionaba otro señor cuyo negocio se encontraba en la calle aledaña, varios grupos de mujeres se acercaban para abastecerse de agua en el jardín, una de ellas, Bili, se dejó fotografiar.

La primera mañana Aseem, el ayudante de Munir, nos comentó las posibilidades que tenía nuestro vehículo, no podían instalar dos depósitos de 45 litros como hicieran en la volkswagen de Ferdi, nos propusieron dos alternativas, la primera era instalar un único depósito de 45 litros, la segunda era mover parte del tubo de escape a un lateral e instalar un único depósito de unos 90 litros. Estuvimos dudando un buen rato, y al final nos convencieron para realizar lo segundo, de lo cual nos hemos arrepentido en varias ocasiones, según nos mostraron el silenciador seguiría estando a la misma altura, pero a la hora de la verdad no encontraron la manera de instalarlo a la misma altura, y perdimos altura en los bajos, lo que nos ha supuesto más de un disgusto en nuestro periplo por las Northern Areas de Pakistán. Se pusieron al trabajo en seguida, tardarían dos o tres días en tener el trabajo acabado, eso suponía quedarnos allí al menos hasta el domingo, ya que al día siguiente era viernes, día libre en el taller.

Mientras tanto nosotros nos íbamos encariñando de la gente, los dos niños de origen pastún, aprendices del oficio, nos robaron el corazón y al cabo de la semana les habíamos regalado varios juguetes, lápices, bolígrafos y gomas de borrar, y dos camisetas mías de manga corta que duraron limpias no más de veinte minutos.

El mal rollo hizo presencia al cabo de cuatro días; el segundo día yo había notado la pérdida de dos mil rupias, unos 27 euros, lo comenté con Rafa pero decidimos que seguramente lo habíamos extraviado en alguna prenda de ropa, que ya aparecería. Pero al cabo de dos o tres días, cuando ya habíamos cambiado parte de los cheques de viaje, volví a echar en falta dinero, esta vez cuatro mil rupias, era obvio que ese dinero nos lo habían robado. Por la mañana le explicamos con la mayor sutileza del mundo a Munir lo que nos había pasado, él, muy disgustado, habló con los trabajadores del local y nos pidió que no dejásemos nunca más la furgoneta abierta, en ningún momento habíamos pensado en cerrarla hasta entonces.

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Una noche fuimos invitados a cenar a casa de Munir, su hija me regaló un traje típico punjabí, el más cantoso que he visto en todo el país. Consta de un pantalón, una camiseta de tirantes negra, una blusa de manga corta muy larga, un pañuelo y un par de sandalias.

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