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Debíamos llegar hasta Raikot Bridge, en la KKH, para desde allí coger un jeep que nos llevara hasta el pueblo de Jhel, desde donde empezaba la caminata hasta Fairy Meadow.
En Jaglot hicimos unas compras y llegamos más tarde de lo previsto, tampoco habíamos salido muy temprano, serían las dos de la tarde cuando bajamos de la furgoneta, uno de los policías encargados de la vigilancia del puente que cruza el Indo nos saludó efusivamente, le conocíamos de nuestro segundo intento de subir a Fairy Meadow, cuando nos fuimos enfadados con un conductor de jeep, que creíamos nos quería engañar con el precio. Hacía ya dos meses atrás que también lo habíamos intentado y en esa ocasion estaban reparando la jeep road hasta Jhel.
Las tárifas son fijas, 3000 rupias ida y vuelta para un recorrido de 14 kilómetros, (algo más de 30 euros), ni nos planteamos regatear, cogimos las mochilas y nos fuimos enseguida, con un encantador conductor entrado en años.
El camino era de infarto, estrecho y con un sobrecogedor desfiladero que dejábamos a nuestra izquierda, no apto para personas con vértigo, tardamos algo más de una hora en llegar hasta el pequeño pueblo situado a 2700 metros, no llegaba la electricidad, o al menos no vimos cables de ningun tipo. El jeep nos dejó junto a un hotel de madera, del que salió un chaval que enseguida nos ofreció guías o porters, cogimos lo segundo, en realidad no era necesario pero estábamos un poco cansados del viaje, pagamos 850 rupias por ese viaje hasta fairy meadow.
Desde Jhel hasta Fairy Meadow existe un desnivel de 650 m aprox., es muy sencillo, primero atravesando una estrecha garganta para luego pasear entre bosques de pinos, tardaríamos en llegar a las praderas una hora y media, la última parte del recorrido intuíamos el coloso del Nanga, que aparecía practicamente cubierto de nubes. Al llegar a las praderas lo primero que vimos fue el cartel de madera del Raikot Sarai y enseguida conocimos a Aziz, su propietario.
En realidad ya nos habían hablado mucha gente de él, una persona célebre le diriamos, nos ofreció un té de montaña como bienvenida, no había absolutamente nadie en el complejo, cosa que nos alegró.

