¡Vaya sorpresa que trajeron desde Karimabad!. Yo aún estaba pensando en como quedaría la furgoneta después de la reparación cuando de repente oí a hablar a Silvia.....¡en castellano!, salí a recibirles y me encontré con un chaval de nuestra edad, con barba y pelo rojo, parecía de cualquier sitio menos de Madrid. Tras una breve presentación me lo llevé al cercano puente en suspensión sobre el río Hunza, resultó estupendo poder hablar con alguien en español, si hasta nos entendíamos la peculiar jerga madrileña. Sentados en el medio del puente, cada uno sobre una tabla de madera, estuvimos cerca de una hora charlando, compartiendo experiencias de viajes, él llevaba una larga temporada viajando de mochilero, tenía una gran ventaja, trabajaba como azafato en Iberia y los viajes le salían a precio de saldo.

Mariano, como se llamaba nuestro fichaje, es un tío peculiar, un cachondo y algo excéntrico, con ideas muy personales, supongo que viajar sólo le hace a uno un poco excéntrico y sobre todo autosuficiente, la vida del viajero en muchas ocasiones es muy complicada, teniendo que solventar problemas que van surgiendo día a día. Volvimos al Silk Route y cenamos, después nos esperaría una velada en el despacho de Ajez, donde degustaríamos por primera vez el licor de Mulberry, llamado por la gente de Hunza "Holy Water". Ni que decir tiene que salimos distintos a como habíamos entrado, más ligeros, y tras dejar a Mariano acomodado en su tienda de campaña nos echamos a dormir.

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A la mañana siguiente los mecánicos vinieron muy pronto, y se fueron más pronto todavía, antes chequeé su trabajo de nuevo y, bueno, al menos ahora se podían reducir las marchas, aunque aún no estábamos conformes con el resultado final y mucho menos aún con la cuenta que nos hicieron, 11.000 rupias, una barbaridad para Pakistán, si contamos con que un mecánico puede ganar unas 4000 rupias al mes. En realidad se habían estado 8 días trabajando de sol a sol, durmiendo en hoteles en Gulmit, aunque siempre nos quedara la duda de si realmente bajaron hasta Pindi a buscar la pieza estropeada.

El caso es que estábamos locos por irnos, ademas teníamos que aprovechar nuestro encuentro con Mariano, decidimos dar un paseo por el glaciar de Passu, en el camino hacia China. Aparcamos en un restaurante con una vistas excepcionales del glaciar, que en realidad se veía muy cercano desde la carretera, apenas a dos kilómetros de distancia. Nos pusimos a andar enseguida, en un principio el camino era cómodo y sólo teníamos que saltar pequeños y gélidos canales de riego.