Los alrededores de Chilas muestran paisajes sobrecogedores, el río Indo avanza desbordante de energía entre montañas peladas, el Nanga Parbat, con sus 8.126 metros es la reina. Visible durante gran parte del camino se muestra como un gran coloso blanco, un macizo montañoso con fama de ser uno de los más peligrosos del mundo, de ahí su apodo: the Killer Mountain o Montaña Asesina.

Desde Kyal, donde pasamos esa curiosa velada con los policías, Chilas no dista más de 140 kilómetros, si todo iba bien llegaríamos allí para comer y aún nos daría tiempo ese mismo día a alcanzar el Raikot Bridge, el lugar desde el que se inicia el trekking a Fairy Meadow, el más famoso y transitado hacia el Nanga Parbat; el tiempo era muy bueno, podríamos realizar el trekking al día siguiente. Con estas ideas en la cabeza avanzamos tranquilamente por la escarpada ladera de la montaña, realmente tuvo que ser muy duro construir esta carretera, los derrumbamientos están a la orden del día, prácticamente cada día nos encontramos con alguno desde que abandonamos las suaves colinas que rodean la capital.

Poco después de dejar Dassu una fila de camiones nos sorprende junto a la carretera, un policía nos indica que paremos y entre varios hombres nos explican que no podemos seguir adelante, ¿qué pasa?, ¿otro derrumbamiento?, no, esta vez la parada no tenía nada que ver con la carretera. El presidente Musharraf se encontraba de visita en un lugar cercano a Chilas, ese mismo día inauguraría un ambicioso proyecto para construir cuatro o cinco embalses en la región; a pesar de que su medio de locomoción era el helicóptero el transporte terrestre se vio interrumpido también, nadie podía continuar camino, sólo los minibuses que circulan entre pueblos y que paran antes de Chilas.

Esta no era la primera vez que la presencia de Musharraf nos impedía el paso, una tarde en el Camping Site de Islamabad un policía nos impidió salir porque la comitiva presidencial iba a pasar por esa carretera, tuvimos que esperar diez minutos a que pasaran una docena de coches que según nos comentaron se dirigían a un partido de cricket, hecho que corroboramos al día siguiente leyendo el periódico. Esos diez o quince minutos no fueron nada comparado con lo que nos esperaba ese día en la Autopista del Karakorum.

Un guía se encontraba en el mismo lugar con un fotógrafo chino, intercambiamos algunas palabras con él, era muy simpático y nos ayudó a comprender mejor la situación, nos comentó que a apenas cinco o seis kilómetros había una zona de restaurantes donde podríamos comer algo, pero para eso nos tenían que permitir seguir.

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