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La noche se vuelve cerrada, pocas noches hemos vivido así, en gran parte del Terai las casas no tienen luz eléctrica, las nubes cubren las estrellas, la oscuridad es total y el silencio abrumador, ni siquiera se oyen insectos.
A la mañana siguiente una espesa bruma se asienta bajo las copas de los árboles, es una mañana gris, casi fantasmagórica. Nada más cruzar el puente entramos en la carretera que cruza el parque nacional, que finalmente no visitaremos por culpa de la lluvia, aunque a los pocos kilómetros tenemos la suerte de ver a un precioso antílope, con cuernos en espiral que cruza la carretera de un par de saltos, vamos despacio, con la ilusión de ver algún rinoceronte, algún elefente o algún tigre, pero sabemos que es imposible desde la carretera.
Tenemos nuestro primer contacto maoísta en el propio parque, en un "check post", bajo una copiosa lluvia, todo es muy correcto por su parte y ni siquiera nos piden dinero por "la revolución". Sabemos que todo el país, salvo Kathmandú, incluidas las remotas regiones del Himalaya, están controladas por maoístas, a la espera de reestablecer el equilibrio democrático tras la abdicación del rey.
Todo el bello paisaje se vio nublado, nunca mejor dicho, por una torrencial lluvia que nos acompañaría durante todo el resto del día, paramos a comer en un restaurante local donde un enorme horno-cocina daba cierta calidez a un ambiente bastante hostil. Pagaríamos unas 110 rupias nepalís por un abundante plato de Dhalbat (lentejas con arroz), el plato nacional, medio pollo y dos refrescos, al cambio unas ciento veinte pesetas.
Al continuar camino empezamos a intuir unos inicios de inundaciones que anegaban los campos colindantes a la carretera, que incluso en algunos tramos también se encontraba inundada, días más tarde, ya en Kathmandú, nos enteraríamos de la muerte de algunas personas en la región, a causa de la lluvia, era el último violento zarpazo del monzón, en lo que parece una dura rutina anual para todos los países que lo sufren.

