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El Valle de Kathmandu es rico en cultura, las distintas capitales que ha tenido el país siempre se han asentado en alguno de sus rincones, a mitad de camino entre las altas montañas del Himalaya y la vasta llanura tropical del Terai. Patán, una de esas capitales, se encuentra a menos de cinco kilómetros de Kathmandu, en realidad son parte de una misma ciudad, sólo separadas por las aguas del río Bagmati. Pero en Patán se respira otro ambiente, menos urbano, más relajado, a pesar de la incursión de los vehículos en el centro de la misma.
Se puede llegar hasta allí caminando, hay que contar con más de una hora desde la plaza Durbar de Kathmandu hasta la homónima de Patán, también circulan autobuses cuya tarifa es de nueve rupias o taxis que cobran unas ciento cincuenta (pero que pedirán inicialmente el doble, nunca olvidarse de regatear). Nosotros decidimos acercarnos caminando bien temprano, pensando que evitaríamos el tráfico matutino, pero no fue así y el descenso por la avenida Kantipath fue agobiante, los minibuses ya estaban en marcha y expulsaban sus gases contaminantes a una ciudad cuyo aire cada vez es más difícil de respirar.
Nuestros pasos nos llevaron hasta el río donde, supuestamente, cambiamos de ciudad, sólo un gran cartel dando la bienvenida a Lalitpur o 'Ciudad Bella' indicaba el cambio. Este otro apelativo hace honor a la gran cantidad de monumentos que adornan la ciudad, reclamo para los turistas que a diario, pero en reducido número, se acercan a contemplarlos.
Nuestro primer hallazgo fue el Golden Temple o Templo Dorado, escondido en una esquina puede resultar un poco difícil de ubicar. Es un templo budista, religión mayoritaria en Lalitpur, y recibe su nombre de las numerosas estatuas y detalles dorados de su interior. No faltaba ninguna de las características de los templos budistas, las ruedas de oración, las banderas al viento, la estatua de buda, pero en nada se parecía a los templos que tiempo atrás visitamos en Ladakh, el budismo se ha ido adaptando a los gustos locales.
Desde el Golden Temple la plaza Durbar no dista más de cien o doscientos metros, a través de callejones repletos de artesanos intentando vender sus obras a los excasos turistas que se dejan carer por allí; obras de madera, bronce, mandalas, prendas de lana de yak, que alcanzan unos precios en algunos casos irrisorios debido a la desesperación que sufren los vendedores estos últimos años.

