Pero en Thamel no se notan las inestabilidades políticas, Thamel está únicamente enfocado al turista y al goce de sus sentidos, es un barrio repleto de tiendas de souvenirs de todo tipo, librerías, por cierto muy buenas, con todo tipo de libros, agencias que organizan trekkings y múltiples actividades, como rafting o parapente, restaurantes con comida occidental, muy bien cocinada y en la que nos reencontramos con la anhelada carne, que no tomábamos en condiciones desde hacía tiempo. Muchos pubs abundan, en los que casi todas las noches se organizan conciertos, desde luego es una zona cosmopolita, agrupada en apenas cuatro o cinco calles, en ese sentido es interesante encontrarse con algunas personas o charlar con alguna expedición de montañeros.

En Thamel la vida es muy sencilla para el turista, pero nada auténtica. Por fortuna, nada más salir de su zona de influencia te encuentras con la verdadera ciudad y la verdadera población, cientos de puestos callejeros, de mercados de verdura o fruta se distribuyen por callejuelas ocultas y escondidas, en las que apenas llegan rayos de sol, casas cochambrosas construidas en madera, viejas y semiderruidas en muchos casos, pero dotadas de una decoración sorprendente, puertas talladas con símbolos budistas o hinduistas, patios interiores o plazuelas en los que abundan otros numerosos templos o estupas budistas, en muchas ocasiones usadas para tender la ropa.

Lo de los templos que encontramos en la ciudad es increíble, estaban en todas partes, grandes, con un estilo arquitectónico heredado de china, con construcciones en pagoda, también los había pequeños, del tamaño de una persona, con la cera de las velas acumulada en el altar, numerosas estatuas apenas visibles entre la gente o las mercancías, muchos rincones, imposibles de visitar si no se tiene tiempo infinito, en resumen mucha vida y mucha solera, una ciudad muy dejada pero en la que es fácil de imaginar su pasado embrujo.

Muchos días nos encontramos con improvisadas demostraciones religiosas, en las que las ofrendas variaban de una a otra, velas que se encienden con aceite y que luego se cubren de leche, cabezas de animales rodeadas de comida, dinero que se amontona delante de alguna figura de Shiva o Ganesh, o incluso fuego que se enciende en teas en los patios de algunos templos, una población muy devota, en su mayoría hinduista, que ignora a los numerosos turistas que nos acercamos a curiosear y a tomar fotografías.

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