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Llegamos a Varkala del tirón, en algo más de cuatro horas de conducción desde Cochín. No pensábamos quedarnos allí mucho tiempo así que aparcamos en el parking del helipuerto, junto a la barandilla que daba directamente al acantilado, donde las vistas de la playa y el mar eran impresionantes. El lugar se animaba bastante al atardecer pero el resto del día estaba muy tranquilo, aunque después de las diez de la mañana el calor castigaba sin justicia y sólo se podía estar en la furgo para echarse la siesta con las ventanas y puerta abierta para que la brisa refrescara nuestros cuerpos. Lo que en un principio iban a ser un par de noches se fue alargando y alargando, de no tener los billetes para Sri Lanka no sé cuantos días nos habríamos quedado allí apalancados.
Junto a nosotros, a cincuenta metros comenzaba una larga hilera de negocios para los visitantes, restaurantes, hoteles, hospitales ayurvédicos, cybercafés, tiendas de recuerdos, de libros y de refrescos, lo mismo a lo largo de unos dos kilómetros, de tanto recorrer la misma calle legamos a desubicarnos por completo, cada esquina parecía la anterior, unas veces se nos hacía eterno regresar a nuestro hogar y otras parecían cinco minutos. Este efecto no es la primera vez que lo vivimos, recuerdo en Nepal, Lakeside en Pokhara, o la calle principal de Thamel en Kathmandu, en Delhi el gran bazar, en Pushkar la calle de las tiendas o en Islamabad el Abpara Market, puede llegar a volverse enfermizo, parece que a uno le ha atrapado el espacio y que no puede salirse del mismo recorrido una y otra vez. Aunque me negué a volver a pasar por allí más de una vez siempre acabábamos regresando, el pueblo estaba demasiado lejos. Los restaurantes aquí son bastante caros, sobre todo para comer pescado o comida occidental, las dhal o el panneer costaban casi el doble que en los restaurantes donde solemos parar en la carretera.


El otro lugar donde pasamos bastante tiempo fue la playa, aunque mucho menos que en Agonda, quizás la pereza de tener que subir y bajar los escalones cada vez nos echó para atrás más de una vez, y nos conformamos con disfrutar de la vista desde arriba. Uno de los reclamos que tenía esta playa para nosotros son las aguas de manantial que brotan en ambos extremos, las del sur son muy abundantes y perfectas para ducharse, como hacen los varkalenses, que además no dudaban en hacer la colada allí mismo.
Aunque había bastante turista era fácil encontrar un lugar donde poner la toalla a una distancia razonable del vecino; por la mañana era la mejor hora para nadar y bañarse, el mar estaba tranquilo y rompía en bonitas olas junto a la orilla, por la tarde se picaba mucho y no era nada agradable bañarse. En cambio a eso de las cinco, cuando las temperaturas ya lo permiten, era una gozada sentarse en la arena y esperar a la puesta de sol, observando como el grupo de yoga comenzaba con sus sesiones diarias. Ellos no eran los únicos, cada día algún otro grupúsculo de tres o cuatro personas practicaba un arte marcial, o capoeira, o alguna actividad que nosotros desconocemos.