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Se agotaban nuestras últimas horas en Nepal, las últimas horas de dos meses relajados. Comenzaríamos la segunda etapa en India, de unos cinco meses, la adaptación iba a ser dura, pero al menos íbamos en buena compañía con Bego y Ricki, que entraban en India con nosotros para pasar unos días en Varanasi.
Entramos en India por la frontera principal, a pocos kilómetros de uno de los centros de peregrinación más importantes para el Budismo, Lumbini, el lugar en el que Buda se iluminó, dejaríamos para otro momento la visita. La entrada ya fue extrema, como todo en India, se acababa la paz y la intimidad, volvíamos al bullicio, la suciedad y la locura en las carreteras. En dos días estaríamos en Varanasi, la ciudad del Ganges, o del Ganga, como se le llama aquí, una de las ciudades mas veneradas del planeta, sobre la que habíamos oido hablar largo y tendido y que teníamos ganas de visitar. La noche anterior a entrar en la ciudad la pasaríamos en un sordido hotel de la ciudad de Gorakhpur, un hotel sacado directamente del cine negro. La ciudad es tristemente famosa por ser un nido de insectos de todo tipo y talante, hecho que corroboramos ampliamente, por lo demas, sirve de ciudad-puente para llegar a Nepal a traves de la frontera principal.
La entrada en la ciudad sagrada no tuvo nada de mística y espiritual, resultó como la entrada en cualquier ciudad de India, Ricki y yo estábamos de los nervios, supongo que sería un método de defensa, intentando entender el modo de vida y las peculiaridades de los indios. Andamos un rato dando palos de ciego, en busca de un grupo de hoteles a las afueras de la ciudad, en el Cantonmentt, el barrio burgués. Fuímos a dar al último sitio al que hubiésemos querido ir, a una calle principal muy próxima a Old Varanasi, salimos como pudimos hasta que, al cabo de un buen rato llegamos al barrio. Primero entramos al Hotel de París, ayudados por un hombre, que sin duda sacaría algún beneficio de la acción altruista, es el más lujoso de la ciudad, el propietario nos pidió una barbaridad por dejar la furgoneta una semana, tampoco hubo oportunidad de negociar el precio, el caballero destacaba por su amabilidad. Después le tocaría el turno a un restaurante, también nos pidieron una barbaridad pero esta vez pudimos negociar algo el precio. Aunque finalmente, tras preguntar en otro hotel, decidimos dejar la furgoneta en la calle, en un lugar que creíamos seguro y que al final lo fue, así nos ahorrábamos unas rupias, no nos venía mal después del desfalco en Nepal, sin duda azuzado por nuestro inminente ingreso en efectivo por parte del ministerio de educación.

