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Cuando se negoció la separación entre India y Pakistán muchas regiones tenían claro en qué lado debían estar, sin embargo existían varios pequeños reinos gobernados por maharajás a los cuáles el gobierno británico dejó escoger su adhesión a uno u otro estado. Cachemira fue un caso especial y único, se trataba de una región de mayoría musulmana pero con un líder hindú, éste dudó durante mucho tiempo y fue retrasando la decisión hasta que el conflicto estuvo servido y parte quedó bajo control pakistaní y parte bajo control indio. La situación actual es el resultado de cincuenta años de lucha y, por lo que pudimos hablar con algunos locales, el pueblo de Cachemira quiere la independencia, ni para Pakistán ni para India, pero la solución aún está por llegar y hoy por hoy parece difícil que ambos países renuncien a sus aspiraciones territoriales en la región.
Este conflicto bélico se traduce en miles y miles de efectivos por todas partes, nunca habíamos visto algo así, en las ciudades y los pueblos no das un paso sin toparte con un soldado, los convoys atoran el tráfico cada día, convoys de más de cincuenta camiones, ¡imaginaos la locura que es adelantarlo!, controles en la carretera y campos militares cada pocos kilómetros. Nosotros que habíamos estado en el otro lado, en el lado pakistaní, nos sorprendimos al ver lo descompensado de los efectivos entre ambos países, lo de India es espectacular.
La última etapa hasta Srinagar fue muy agradable, conduciendo entre campos sembrados y bosques, el tráfico se intensificó de nuevo al llegar a la ciudad. Entrar no fue difícil, lo difícil fue decidir donde pasar la noche, al contrario de lo que esperábamos allí también apretaba el calor, toda la región estaba sufriendo una ola de calor con temperaturas records, nuestro gozo en un pozo. Aparcamos la furgo en una calle céntrica y nos fuimos en busca de un alojamiento; perseguidos por varios cazaturistas visitamos unas cuantas houseboats (barcos convertidos en hoteles) y dos o tres hoteles, seguramente el cansancio y el miedo a pasar una noche como la anterior nos llevó a escoger el hotel más caro y más confortable, el hotel Akbar. La elección fue bastante acertada, descansamos y desayunamos en el jardín a la mañana siguiente, se presentaba otro día caluroso.
Nos dimos un paseo por la ciudad aquella mañana y más tarde nos dirigimos andando a los jardines mogoles que, mal informados, esperábamos encontrar en media hora, tuvimos que coger un rickshab a mitad de camino, en vez de un par de kilómetros estaban a siete u ocho. Los jardines estaban muy animados, con muchas familias de turistas indios venidos de todas partes; los niños se refrescaban en las fuentes y los adultos se cobijaban bajo los árboles, nosotros les imitamos.

