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Antes de las cinco de la madrugada estuvimos en marcha, pusimos el aire acondicionado y condujimos sin parar durante un buen rato, estábamos cansadísimos, agotados, pero nuestras ganas por llegar a las montañas nos hicieron continuar. Cruzamos poblaciones y más poblaciones, en la región más poblada de la India (y quizás del mundo), Uttar Pradesh. Los carteles nos indicaban que Haridwar cada vez estaba más cercano, y su vecina Rishikesh también. El miedo se iba apoderando de nosotros cuando veíamos que la altitud no variaba apenas y que las temperaturas seguían siendo insufribles, y no nos sentimos mejor al llegar a nuestro destino, a menos de 1000 m sobre el nivel del mar y junto al Ganges el asfalto parecía derretirse, tendríamos que buscar un hotel, otra noche de asfixia en nuestro hogar y pereceríamos irremediablemente.
Seguimos las indicaciones de los franceses y condujimos al otro lado de Rishikesh cruzando el Ganges por un puente al sur de la población. Tras cruzarlo nos tocó pagar una tasa de noséqué y cincuenta metros después un cartel de ¡Cuidado. Zona de Elefantes! nos daba la bienvenida a la jungla, la auténtica jungla hogar de tigres y elefantes asiáticos. Buscando trompas entre los árboles recorrimos los nueve kilómetros que nos separaban de Laxman Jhula, barrio turístico de Rishikesh. Aparcamos a las afueras y fuimos en busca de una habitación, tras visitar lo peor de lo peor dimos con el hotel Lucky, cuyas habitaciones eran sobrias pero limpias y con agua caliente y ventilador, nos apañaríamos hasta que la embajada nos notificara las nuevas.
Decidimos tomárnoslo con calma, pasaríamos cinco noches en esa habitación, descansando, viendo películas (y viciándonos con los capítulos de los Soprano que Ana nos grabó en la última tanda) y preparando la web, en grave retraso; ya que no podíamos alejarnos del calor al menos podríamos ducharnos cada diez minutos y esperar a la noche para salir a la calle, como los vampiros.
Rishikesh nos acogió con los brazos abiertos, estaba acostumbrada a los turistas y por ello pudimos encontrar infinidad de restaurantes con comida no picante, sobre todo italiana y judía, las lasañas, las pizzas, la pasta al horno y el humus nos acompañaron día a día; hasta el último día no descubrimos que el restaurante de nuestro hotel era el más barato y uno de los mejores preparando lasañas, esta segunda vez lo estamos disfrutando.
