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El día 13 fue el único día completo que pasamos con Marta y Ana aquí, debimos quedarnos más tiempo. Paseamos por los ghats, donde intentaron sacarnos el dinero con el truco de las flores: 'un hombre se acerca a ti y amablemente te ofrece una flor o unos pétalos, entonces te dice que bajes a ofrecerlos al lago sagrado y después empiezan los problemas, te piden dinero, una pequeña donación de ¡¡100 ó 500 rupias!!, para sagrado el Ganges en Varanasi donde se pueden tomar fotos a gusto (salvo en las cremaciones) y las ofrendas se venden en toda regla incluyendo flores y una vela por 5 ó 10 rupias. Al final no pudieron con nosotros y a ratos conseguimos disfrutar de la vida en los ghats.
Al oeste nos alejamos de los ghats para visitar el Templo de Brahma, uno de los únicos en el mundo dedicados a este dios tan impopular. El templo es un tanto extravagante, como tantos en India, con la base y las columnas de color azul y las cúpulas de un tono entre naranja y rosa, donde los monos campan a sus anchas. Fieles y turistas entran y salen sin cesar por un acceso con escalera donde no faltan los mendigos. Una simpática familia, formada casi íntegramente por mujeres, pidió a Ana que se sentara para hacerse una foto, luego insistieron en que se uniera Marta al grupo, que andaba visitando el templo a su aire, así Ana se pasó más de cinco minutos sentada entre hindúes sin entender una palabra mientras ellas se reían y hablaban sin parar.
Al salir del templo la comunidad de los cuatro se rompió, Ana y yo entramos en una tienda de ropa donde yo acabé comprándome una falda de seda por un euro y pico o dos. No volvimos a encontrar a Rafa, y a Marta más de media hora después, cuando Ana y yo perdíamos toda esperanza de comer a una hora razonable. Rafa comió por su cuenta y nosotras lo hicimos en una terraza con bonitas vistas sobre el lago.
Por la tarde ascendimos los vente minutos hasta el templo Pap Mochani, situado en una colina, las vistas sobre la ciudad no están mal pero el atardecer es mucho más impresionante desde orillas del lago. En lo alto conocimos a dos españoles, Jose, un chico de Madrid, y Emma, una alicantina muy graciosa, él estaba en India para varios meses y ella hacía un tour por el Rajastán de veinte días, quedamos para cenar o tomar algo tras la cena. Optamos por lo segundo, cuando aparecieron en el restaurante les acompañaba un gaditano muy salao, los siete compartimos una amena charla y unos tés en otra de las múltiples terrazas.

