Ascendimos lentamente por una carretera desolada donde ni un atisbo de agua o vegetación se hacían sentir, el primer paso, en Namika La, de unos 3.700 metros fue superado sin dificultad. Continuamos y en el descenso hallamos un valle con un pequeño pueblo rodeado de árboles y huertas, allá donde el agua hacía presencia la naturaleza aprovechaba la ocasión para abrirse paso. El valle se fue abriendo y como escenario unas cumbres nevadas aparecieron en el horizonte, tal y como muestra la fotografía superior, paramos por enésima vez a fotografiar el paisaje, no podíamos dejar de mostrároslo en la web.

Los pueblos eran escasos y las infraestructuras mínimas, no pudimos encontrar ni un restaurante donde comer, sólo una pequeña cantina junto a un campamento militar donde nos prepararon 'momos' para todos (unos raviolis rellenos, en este caso, de verduras), fue suficiente para apaciguar nuestros voraces apetitos, aunque Nico repitió, no le supo bastante un plato. El paraje era de nuevo desolador, ascendíamos entre montañas marrones y grises hacia el siguiente paso, de nuevo un record para nuestra furgo, el Fotu La, de 13.479 pies o 4.100 metros. Como ocurriese en todos los altos de la región un hito amarillo y ristras de banderas de oración budistas nos daban la bienvenida, lo que veían nuestros ojos a ambos lados del paso quitaba la respiración, decenas de cumbres, cada una de una tonalidad, se superponían unas a otras mientras las nubes sombreaban las laderas, el viento arreciaba con fuerza pero no impidió que disfrutáramos de un paseo.

Como colofón pocos kilómetros después divisamos Lamayuru, el primer gran monasterio o gompa del camino, no eran más que las cuatro, lo visitaríamos antes de que anocheciera, allí coincidimos con un gran grupo de turistas catalanes, debía ser un viaje organizado por el RACC porque vimos varios jeeps con carteles y uno de ellos con la bandera catalana ondeando al viento. Tras la visita echamos un ojo a los campings, en uno de ellos no nos permitían entrar con el coche, ni aparcar en su parking, en el otro no preguntamos, no pareció convencernos a ninguno, y menos mal, porque a unos kilómetros encontramos un chiringuito perfecto donde pasamos las dos noches siguientes. El lugar estaba regentado por dos jóvenes hermanos ladakhis y éramos los primeros clientes, estaban en plena inauguración, colocando emparrados, carteles, trayendo suministro para comidas; al anochecer vinieron los padres, una pareja encantadora que nos contó que para el año siguiente pretendían hacer unas cabañas junto al río. Tuvimos suerte, como no había cabañas ni turistas pudimos disfrutar del río nosotros solos, sobretodo después de que a Roger se le ocurriera la brillante idea de empresar agua y hacer una piscina, ya podíamos paliar el calor dándonos un chapuzón.

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