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Sin duda alguna elegir Ladakh como primera etapa en nuestro periplo por la India ha sido una elección acertada, remanso de paz, tranquilidad y despoblación es todo lo contrario de lo que nos podemos encontrar en el resto del país. Hacía ya muchos años que habíamos oído hablar del Pequeño Tibet, reducto de la cultura budista abierto al turismo a mediados de los años setenta, era uno de esos lugares con los que soñábamos desde antes de comenzar el viaje. La elección no fue a la ligera, llegábamos a la India en pleno verano, con el monzón arreciando en todo el país, y teníamos el honor de volver a contar con la compañía de nuestra incondicional Laura, que finalmente se había decidido a pasar un mes con nosotros en la India. Le habíamos prometido un viaje por tierras budistas con el Himalaya como telón de fondo.
Penetramos en este pequeño paraíso por el oeste, por la carretera que parte de Srinagar, corazón de Cachemira. Ya pasado el alto del Zoji La comenzaron a aparecer rasgos más orientales y fue en Mulbek donde vimos el primer buda escavado en la roca protegido por un pequeño templo. También fue en este punto donde vimos a los primeros turistas, un grupo de italianos que viajaban en autobús. Ya teníamos ganas de dejar atrás el Islam y sumergirnos del todo en el Budismo, así fue para Rafa, que desapareció con la cámara de fotos y vino con un reportaje completo del único monje que guardaba el templo.
Nos habíamos despedido de las lluvias, en Ladakh nos acompañaría siempre el buen tiempo, nubes altas y rápidas pero ni gota de agua en diez días, y disfrutamos de unos cielos asombrosos, cuyo contraste con el marrón y el verde del paisaje hacía las delicias de los fotógrafos.
La primera jornada fue de conducción, tras visitar el buda en Lha Khang, de más de dos mil años de antigüedad, condujimos hasta el siguiente pueblo donde hicimos las compras y unas llamadas, fue aquí donde conocimos la posibilidad de que a Rafa le tramitaran en Delhi el pasaporte normal. Un amigo de mi hermano Enrique, Héctor, había movido unos contactos en Madrid y parecía posible, sino tendríamos que conformarnos de nuevo con otro pasaporte de emergencia de un año, como el que nos dieron en Ankara. Aunque el pasaporte en vigor tenía caducidad a finales de enero del 2007 nos encontramos con el problema siguiente, si entrábamos en Nepal en agosto no podría regresar a la India porque le exigirían seis meses de validez y no los tendría, teníamos que gestionar de nuevo un pasaporte, y todo por la incompetencia de alguna funcionaria de Santa Engracia en la primavera del 2005.

