Ir a fotos de la crónica
 

Hicimos la primera inspección caminando, la playa era enorme, la arena compacta permitía conducir toda su longitud sin problema, más tarde descubriríamos que era el deporte local conducir por ella al atardecer. Aparcamos cerca de la playa, en una zona con césped, y decidimos estrenar el toldo que habíamos fabricado unos días antes, funcionó a la perfección, como palos y vientos utilizamos los de la tienda de campaña, ya teníamos nuestra sombra.

Los niños y no tan niños se acercaban a husmear por donde estábamos y así hicimos algunos amigos, entre ellos dos chavales que siempre venían a vernos y un hombre jubilado que al menos vino dos veces al día durante los cuatro que pasamos allí. Fue divertido ver como la gente se iba enterando de nuestra presencia y cómo, intentando no resultar cotillas, se asomaban a vernos discretamente, fuimos la atracción del lugar esos días.

Descubrimos la belleza del lugar en pequeñas dosis. La primera mañana caminamos hasta el extremo norte de la playa, un canal nos separaba del siguiente tramo de playa, Rafa intentó cruzar pero pronto se dio cuenta de que la profundidad era engañosa, yo, más atrevida, avancé y acabé calada hasta la cintura. Tuvimos que preguntar a un hombre del lugar cuál era el mejor tramo para cruzar, nos lo indicó y cruzamos sin mojarnos las rodillas, yo iba arrastrando los pantalones largos empapados. En ese lado encontramos una pequeña cala donde el mar estaba bravío, había muchas rocas y parecía cubrir mucho, el entorno era idílico, con sombras bajo las palmeras, arena dorada y nadie a la vista.

Esa misma tarde fuimos de paseo por el pueblo hacia el sur, el pueblo se extendía sin un orden claro, las casas y cabañas se desperdigaban sin que ninguna valla delimitara su espacio, no sabíamos muy bien cuando estábamos invadiendo su intimidad, sin darnos cuenta nos hallábamos junto al pozo o la cocina. Las gentes, muy amables, nos saludaban e invitaban a sus hogares, en la calle principal, parcialmente asfaltada, los hombres descansaban bajo las sombras. Notamos rápidamente el cambio de carácter, la comunicación era fácil, el inglés no era desconocido para muchos de ellos, curiosos como en el resto de India, pero más educados y respetuosos se dirigían a nosotros con un abanico de preguntas más amplio de lo normal, no sólo el 'where are you from?'. Pudimos comprobar que Kerala es diferente, las gentes parecen más cultas y despiertas.

Index crónicas de Asia
Sigue
Volver
En la fortaleza de Bekal
Volver a Asia
Una comida marinera