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El trayecto desde Pushkar hasta Jodphur fue rápido y cómodo, aquí en Rajhastan nos estábamos encontrando con las mejores carreteras de India, incluso durante gran parte del recorrido disfrutamos de doble carril en cada sentido. Jodphur es el corazón de Rajhastan, la ciudad azul, con la impresionante fortaleza de Mehrangarh ubicada sobre una colina y que domina toda la ciudad. Llegamos justo antes de comer y aparcamos como pudimos en la calle que iba a dar directamente a la torre del reloj, la ecuación caos y tráfico igual a aturdimiento se volvía a cumplir, como en todas las ciudades en India.
Fuímos a comer a un restaurante local en el que degustamos el Thali Rajastani, un menu a base de yogur, vegetales y arroz, después vendría la odisea de buscar un hostal para Ana y Marta y un aparcamiento tranquilo para nosotros. Un enorme camión holandés estaba aparcado en un concurrido aparcamiento público, desde luego era todo menos un remanso de paz, pero al menos ya teníamos una posible opción. De todos modos decidimos coger la furgoneta y ponernos a buscar hoteles con aparcamiento a las afueras del meollo, haberlos los había, pero en algunos nos decían que no directamente y en otros nos pedían cantidades desorbitadas. Al final a Silvia se le ocurrió que podríamos ir a dormir al parking de la fortaleza, fue la mejor idea que pudo tener y el mejor sitio que podíamos escoger, mientras, Ana y Marta escogieron un hostal alejado del centro pero con unas habitaciones decentes y recomendado por la Lonely Planet, esa misma noche nos daríamos cuenta que no había sido la mejor opción ni mucho menos, dentro de la ciudad azul, en pleno centro, había multitud de buenos hostales, con restaurantes en los áticos y mucho más baratos, así que al día siguiente cambiarían de hostal, mientras que nosotros pasaríamos la noche en el aparcamiento, pagando 20 rupias al día y disfrutando de las mejores vistas de la ciudad, tanto al amanecer como por la noche.

Trás quedarse la chicas bién ubicadas en el hotel "recomendado" decidimos ir a cenar, como siempre ocurre las pasamos canutas para coger un rickshaw que nos llevara por un precio honrado hasta la torre del reloj, la mala fortuna vino cuando cambíamos de uno a otro, ya que creemos que en ese momento perdimos las llaves de la furgoneta, una auténtica faena, que más tarde, trás una busqueda exhaustiva por dentro, se confirmaría, no era nada bueno que nos hubiésemos quedado sin una copia de la llave de arranque, ya que ahora sólo nos quedaba una. El Rickshaw nos dejó justo en la torre del reloj, en la que directamente apenas se podía respirar, estaba atestada de gente, vendedores ambulantes, mujeres y niños pidiendo dinero, en fin, un caos, que se remató al pasar junto a un fámoso lugar en Jodphur, especialmente para el turista, que se dedica a hacer tortillas de todo tipo, incluida la española (que bueno, habra que verla); junto al pequeño restaurante el humo era densísimo, estaba como concentrado, Ana y yo decidimos irnos de ahi, era demasiado.