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La primera mañana en Jaipur desayunamos en una auténtica cafetería donde sólo servían café y comida, ¡¡no había té!!, para nuestro asombro. Hasta allí nos llevó el rickshaw que la noche anterior nos había mostrado el hotel; el chaval pensaba que iba a hacer negocio con nosotros conduciéndonos de acá para allá pero no fue así, rápidamente se dio cuenta de su error y de que nos gustaba demasiado caminar, no le volvimos a ver. Tras el desayuno nos esperaba la visita a la Ciudad Rosa, caminamos largo rato por sus amplias calles hasta que por fin llegamos al Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, quizás casi dos horas después de comenzar a andar; no es que estuviese lejos pero en el camino hicimos mil paradas, nosotros para mirar un objetivo para la nueva cámara, Marta para llamar por teléfono, Ana y Marta para comprar unos cuadernos y álbumes de fotos y todos para comer unos plátanos. Cuando entramos al palacio el calor ya apretaba, pagamos las entradas y el pase para una cámara de fotos, esta vez nos salió bien, nadie verificó si llevábamos más y estuvimos tomando fotos los cuatro por el precio de uno (la táctica no volvería a funcionar). Este monumento no está muy bien cuidado sin embargo es uno de los emblemas de la región, su fachada exterior de tono rosado con decenas de ventanas cubiertas de celosías aparece en todos los folletos del Rajastán.
Al salir cometimos el terrible error de cruzar a la otra acera, donde nos esperaban hambrientos los comerciantes, no escaparíamos de allí hasta dos horas después, primero fueron las tiendas de ropa y más tarde una platería donde me arrepentí varias veces de haber entrado. A Rafa se le había ocurrido que podríamos hacer negocio con la plata, al igual que con los pañuelos de seda de Varanasi, a mi no me parecía una buena idea, aún así entré. Empezaron a mostrarnos pulseras, collares, colgantes, pendientes, y al final lo único que hicimos fue encargar unos colgantes de lapislázuli con apenas un poco de plata para el enganche, Ana encargó tres, Marta uno y nosotros otro. Los chicos del negocio se quedaron contentos pensando ilusamente que al día siguiente, al ir a recoger el encargo, compraríamos el resto de cosas, y las apartaron en una bandeja.
Atorados buscamos un lugar para comer, en rickshaw nos desplazamos hasta el restaurante Handi, uno de los más famosos de la ciudad. El ambiente estaba muy animado y la comida fue deliciosa, pudimos comprobar que lo frecuentaban tanto turistas como indios.

