A partir de este momento entro en una algarabía de gritos, mujeres sudorosas manejando billetes en las manos, vendedores que remueven en las cestas en busca de la mejor pieza y un penetrante olor a mar y pescado. Me pongo a tomar fotos como un loco, intentando obtener gestos desencajados, la gente ni siquiera se percata de mi presencia, aunque sea el único occidental, ellos están demasiado ocupados con su compra-venta. Hace un rato que no veo a Silvia, me la encontraré después, en todo el meollo de un grupo, regateando por un pescado.

La variedad de peces es enorme, los moluscos, gambas o langostas están bien distribuidos en las cestas, sin embargo hay otras en las que se entremezclan colas y cabezas de distintas especies, entre la masa de gente, asomando mi cabeza, logro distinguir peces martillo, rayas, algún tiburón, y decenas de otros que desconozco.

Permanezco tomando fotos un rato más, el mercado está en su punto álgido, las mujeres locales se disputan el premio al grito más fuerte y otras, de una clase más alta, luciendo coloridos saris se disputan también obtener las mejores piezas al mejor precio.

Para mi es suficiente y siento que necesito salir del ojo del huracán, tanto griterío, cuerpos pegados y olor a pescado me están empezando a saturar. Algo alejado del mercado, pero aún en la playa, hay unos camiones que cargan pescado, junto a unas casetas con tejados de palma, a su lado hay unas máquinas que machacan el hielo, grandes piezas que son lanzadas con grandes pinzas que portan algunos hombres, tras pasar por la trituradora, ese hielo será usado para preservar el pescado fresco, en sus respectivos caminos a distintas ciudades y mercados. Estos han sido los únicos rasgos de modernidad que he visto esta tarde.

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