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Descendimos en una única jornada los kilómetros que separan la población de Chiplún, a cincuenta kilómetros de Harnai, en el estado de Maharastra, de Goa, el mítico enclave hippy. La NH 17 se portó bastante bien en los casi trescientos kilómetros, sólo llegando al estado de Goa se estropeó, justo donde nosotros pensábamos que estaría en mejor estado.
Nuestra primera impresión fue muy grata, una pequeña carretera recorría los doce kilómetros que separan la carretera principal de la costa, en la primera parte va paralela al río Terekhol. El paisaje nos pareció muy bonito, con palmeras en las orillas, canoas con pescadores y pequeñas cabañas hechas con hojas de palmera, un buen comienzo para una región que se nos antojaba abarrotada de turistas y buscavidas. Dejamos el río y ascendimos una colina desde la que ya se divisaba Arambol, el principal centro turístico del lejano norte de Goa, pensamos asomarnos a la playa para buscar un lugar donde aparcar, pero nos debimos pasar el desvío porque sin darnos cuenta aparecimos en Mandrem, la siguiente playa; seguimos un cartel que indicaba playa y por un estrecho camino pavimentado llegamos a la aldea, con algunos restaurantes y hostales, y dos tiendas.
Aparcamos sin saber que hacer, mejor sería dar un paseo y buscar algún lugar donde aparcar, no fue tarea fácil, no se podía acceder a la playa con el coche en ningún punto, sólo vimos un terreno sombrío por las abundantes palmeras, dos coches estaban aparcados y sólo se veía una vivienda. Nos acercamos a preguntar a la casa pero no había nadie, preguntamos en las tiendas y cada uno decía una cosa, decidimos aparcar allí y esperar a ver si alguien nos preguntaba algo. Unas horas después vimos llegar un coche con una familia, o eso creímos que era, una mujer y un hombre calvos con tres niños que parecían mulatos; tenían la casa alquilada y por su parte podíamos quedarnos, seguramente alguien pasaría a pedirnos dinero por estar allí. Más tarde supimos que él, David, era un chico irlandés homosexual, y ella, Penny, una inglesa con cinco hijos, cada uno de una pareja diferente, aunque aparentaban ser unos snobs fueron muy simpáticos y amables. Efectivamente la primera mañana un hombre vino a pedirnos dinero, tuvimos que regatear y al final todo se quedó en cien rupias por tres o cuatro noches, que al final fueron cinco.
Una breve visita por el pueblo nos permitió observar que está en pleno desarrollo, ahora apenas hay seis o siete alojamientos, pero muchos están de camino, seguramente las dos tiendas se multiplicarán y brotarán locutorios y cybercafés, así dentro de unos años dejará de ser la tranquila playa de Mandrem y pasará a ser una más de las plagadas playas de Goa.

