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Fecha: 25 de Diciembre de 2006
Lugar: Mandrem Beach, Goa- India

Los doce anduvimos durante casi dos horas hasta que el sol calentaba demasiado para disfrutar del paseo; si alguien cree que montar a camello es cómodo que se olvide, es divertido al principio, durante un rato, pero de cómodo no tiene nada, al menos no las primeras veces, tal vez cuando te acostumbras sea diferente y ya no te duelan las piernas tanto.
La comida fue muy buena, primero tomamos unos tés y algo de fruta, un buen rato después unas verduras guisadas sin picante y chapatis. Daniel, el camellero jefe, se preocupaba de cada mínimo detalle, no dudó en preguntarnos si nos gustaba la comida picante, ante la negativa cocinó por separado las verduras y por otro lado un aderezo o salsa picantísima. Estuvimos allí parados más de tres horas, cuando nos pusimos de nuevo en marcha quedarían dos horas para el atardecer, anduvimos hora y media y paramos en unas dunas, una de las tantas acumulaciones que hay en el desierto del Thar, no muy extensa pero con la belleza ondulada que poseen estos paisajes. Ayudamos a Daniel y los chicos a montar el campamento, algo básico, unos edredones a modo de colchón y otros tantos para taparnos, también llevábamos los sacos de dormir, frío no pasaríamos. Mientras ellos preparaban la cena nosotros cuatro ascendimos hasta lo alto de una duna para ver la puesta de sol, teníamos las piernas molidas ¡qué dura es la vida en el desierto!
Un té calentito nos esperaba, luego vino la cena, mismo menú que en la comida, siempre en cantidad suficiente para repetir. Un poco de conversación y a dormir, todos estábamos cansados y yo, en particular, tenía un buen catarro causado posiblemente por el baño en la piscina la tarde anterior. Un manto de estrellas nos cubría mientras el sueño se apoderó de nosotros.
Por la mañana todos teníamos agujetas y decidimos decirle a Daniel que nos dejara en el jeep a las tres, se preocupó, quiso saber el porqué, dependía de nosotros, al fin y al cabo si dábamos una mala opinión sobre él al jefe podía tener problemas, habría diez mil chicos esperando ocupar su puesto. Llamó con el móvil y arregló nuestro regreso según nuestros deseos.
Caminamos una hora y media cruzando dunas y tierras baldías, el calor era sofocante, ¡quién aguantará aquí en verano! Comimos y otro paseo de media hora nos acercó al lugar donde nos recogería el todoterreno. A las tres en punto apareció, ya durante la comida habíamos dado una propina a los tres chicos, sabemos que la esperan y que un euro para ellos es muchísimo dinero, sólo nos quedaba despedirnos y desearles suerte.