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En cuestión de pocos kilómetros dejábamos la aglomeración y el calor del Punjab Hindú para comenzar a subir por una estrecha carretera de Himachal Pradesh, una región abrupta y verde, repleta de ríos, que no de gente. Nos dirigíamos hacia Daramsala, o más concretamente hacia Mcleod Granj, un pequeño pueblo que sirve de hogar y exilio político al 14 Dalai Lama, así como a una abundante comunidad budista-tibetana.
Mientras subíamos y bajábamos pequeños puertos algunos carteles recomendaban no dar de comer a los monos, que se acumulaban en los arcenes de la carretera, dimos por hecho que no existiría ningún control de población, ya que el mono, al igual que la rata o la vaca, es un animal sagrado para el hinduismo.
Nos desviamos por una estrecha carretera camino a Daramsala, en unos 15 km tendríamos que salvar un fuerte desnivel, estábamos rodeados de bosques y tupidas praderas, la jungla. Al poco comenzamos a ver a los primeros monjes, con su inconfundible indumentaria granate y sus cabezas rapadas. De repente, como si de un mundo nuevo se tratara, una espesa niebla nos cubrió, el ambiente era muy agradable, húmedo, y la luz del sol que atravesaba la niebla infería al lugar un ambiente muy misterioso, relajado. Ni nos detuvimos en Daramsala, fuímos directamente a Mcleod, unos kilómetros más arriba y donde al día siguiente se celebraría el 72 cumpleaños del Dalai Lama.
Al llegar a la plaza principal nuestras peores sospechas se hicieron realidad, estaba totalmente abarrotado de gente, tanto hindús, tibetanos como extranjeros. Lo primero que hicimos fue buscar el hotel donde, según nos habían dicho otros viajeros, estaba permitido aparcar la furgoneta y dormir en ella, pero ni en ese ni en otros hoteles que preguntamos tuvimos suerte, así que llamamos a Nico y Roger que si que habían encontrado un buen sitio, con lo que aparcamos junto a ellos.
Al día siguiente nos levantamos algo tarde, las celebraciones habían comenzado a las nueve de la mañana, pero no dormíamos bien desde hacia dos semanas, debido al calor, con lo que esa noche fresca la aprovechamos al máximo. Mientras desayunábamos en la furgoneta pasaban por la estrecha calle multitud de monjes de todas las edades, que se paraban junto a ambas furgonetas para curiosear, sin dejar de sonreír en ningún momento.

