La siguiente jornada fue muy larga, conduciendo sin parar, sólo para comer y para intercambiar unas palabras con una pareja de ciclistas alemanes que nos cruzamos, el hombre había hecho en el pasado un viaje de siete años en bicicleta y tiene publicados varios libros relacionados con ese viaje. Pasamos la noche entre campos sembrados a escasos 300 metros de la autopista que recorre la costa oeste de la India.

El tercer día llegamos a Damán después de comer, no resultó ser tan agradable como Diu, quizás porque está en una zona superpoblada, llena de grandes ciudades como Barucha, Surat y a ciento cincuenta kilómetros al sur Bombay, la ciudad más poblada de la India. Ya en los kilómetros previos pudimos ver el despliegue de medios: hoteles, restaurantes, gasolineras y sobre todo tiendas de alcohol, a un precio aún más barato que en Diu, un buen lugar donde aprovisionarse para las navidades (botella de ron 750 ml a 1,2 euros, botella de vino Oporto a 1,5 euros). Llegando al pueblo intentamos cruzar a la ciudad antigua para ir a la playa del sur, playa de Jampore, pero no era posible, el único puente que comunica con esa parte estaba en mal estado y sólo se permite el paso a vehículos de dos ruedas y peatones. Nos fuimos a la playa del norte, playa de Devka, si se puede llamar playa, porque es un conjunto bastante sucio de rocas y arena en donde no se puede nadar ni tomar el sol, sin embargo encontramos fácilmente un aparcamiento con palmeras donde aparcar. Esa primera tarde Rafa y yo nos fuimos dando un paseo por la playa hasta el pueblo donde localizamos un internet desde el que chequear el correo y unas cuantas tiendas donde aprovisionarnos antes de dejar la ciudad.

Nuestra idea desde hacía tiempo era dejar la camioneta aparcada en algún hotel de Damán e ir a Bombay en tren desde allí, la estación de tren de Vapi se encuentra a tan sólo diez kilómetros y desde allí a la gran ciudad hay ciento setenta kilómetros, sería un agradable paseo de tres o cuatro horas. Nico y Esther en un principio pensaban ir en coche pero se animaron a dejarlo allí e ir en tren con nosotros; esa misma tarde Esther preguntó en los dos hoteles cercanos y en uno de ellos nos dijeron que no había problema, por cincuenta rupias al día nos cuidarían las furgonetas.

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