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Compramos patatas, leche y chocolate, imposible encontrar huevos, y seguimos nuestros pasos hacia los dos mil metros. Condujimos haciendo turnos, ese día sólo un par de horas, en Srinagar, una población importante, conseguimos comprar los ansiados huevos y un poco de fruta, ya podíamos parar en cualquier sitio.
La carretera no estaba mal, sin embargo en algunos tramos desaparecía el asfalto, algún derrumbamiento monzónico habría destruido la carretera días atrás, esperábamos que la cosa no empeorase, no queríamos otro Baralacha La.
En un alto vimos un restaurante con un jardín, el Sheetal, paramos a comer y a los diez minutos decidimos quedaros allí mismo esa noche, parecía un lugar muy agradable, los trabajadores nos acogieron encantados y esa tarde compartimos con ellos algunas conversaciones y les mostramos fotos del viaje, ¡que gente más amable! Como nuestra intención era volver sobre nuestros pasos, nada de coger carreteras secundarias rompeembragues, nos despedimos de los chavales prometiendo volver en unos días.
Seguíamos deseando subir a las alturas, los días se hacían insoportables por el calor, pero el reloj no indicaba más que 1.300 metros, subíamos y bajábamos, subíamos y bajábamos. Eso sí, el paisaje cada vez era más bonito, tan verde, preludio de las montañas más bellas del mundo.
Lo que realmente queríamos era un lugar donde parar un par de días, poder trabajar en la web, limpiar la furgo y hacer una colada, pero nada de nada, no aparecía el 'Sonamarg' que esperábamos. ¿O si?, 'allí, en la otra orilla del Alaknanda veo un templito rojo, el camino asfaltado acaba justo allí, y se ve una cascada cercana, ese es nuestro sitio'. Llegamos a Chamoli y descendimos para cruzar el puente a la otra orilla, no fue difícil encontrar el camino al templo, era perfecto, un sitio tranquilo, una zona llana donde aparcar, y agua a raudales a cien metros.
Tanta suerte no podía ser cierta, primero fueron un par de niños, luego un par de adultos, más tarde unas mujeres con sus mil retoños, y unos tras otros consiguieron turbar nuestra paz y desbaratar los planes de quedarnos allí dos noches. No es que fueran antipáticos, es que son muy pesados y, sobre todo, son muchos, aparecen de debajo de las piedras para observarnos, el que puede suelta unas palabritas en inglés y luego vuelve a su postura de observador mudo.
