Antes de la entrada al barrio judío se encuentra el fuerte holandés, con grandes tejados rojos y construido en madera en su interior, haríamos una pequeña visita al fuerte, en donde se exhibían diversos objetos de la época colonial así como interesantes dibujos, aunque más que el fuerte lo mejor de la visita fueron las vistas que se tenían desde él del barrio judío y la sinagoga.

Al coger la calle de entrada al barrio judío empezaron a aparecer tiendas de souvenirs y todo tipo de placeres para el turista, cafés, restaurantes, etc. Es un pequeño barrio, apenas cuatro o cinco calles, caracterizado por casas bajas de distintos colores unidas entre sí. Una de las mayores atracciones del barrio son las tiendas de muebles coloniales, antigüedades, objetos de la marina británica, como relojes o catalejos, etc. Verdaderamente más que tiendas eran auténticos museos, grandes galerías en las que la luz entraba a través de agujeros en los techos de madera, en las que muebles y objetos de distinta índole y procedencia se apilaban en los pasillos o distintos salones, es imposible hacer una lista de lo que vimos entre las distintas tiendas, antigüedades en bronce, en las que destacaban los antiguos artilugios de navegación o astrología, la mayoría del imperio Mogol, estanterías de distinto tipo, como una de una barca típica india que estaba partida en dos, mesas de madera o mimbre, portuguesas u holandesas, marcos de ventana, puertas profusamente decoradas, espejos, cofres de distinto tamaño, infinidad de rústicos utensilios de cocina y los ya citados artilugios de navegación británicos, como brújulas, astrolabios, relojes fabricados en Suiza en los que se veía la maquinaria interior, con la inscripción Royal Navy, y un largo etcétera.

Yo me tiré cerca de dos horas entrando en algunas de las tiendas, perdiéndome entre los objetos y tomando fotos. Nos plantearíamos muy seriamente hacer una inversión para la casa que, paradójicamente, no tenemos, las tiendas organizaban el envío de todo lo comprado en barco, una caja de un metro cúbico costaba 150 dólares a un puerto de mar europeo, pero finalmente desistimos, aunque la tentación durante unas semanas fue grande. Al final adquirimos un par de cosas para nuestras respectivas madres, e intentamos no volver a entrar en las tiendas, por si caíamos de nuevo en la tentación.

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