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Todas las tardes, en lo que se convirtió en una pequeña religión, íbamos puntualmente a una terraza ubicada entre dos de las redes, en realidad no éramos los únicos, otros muchos turistas iban a disfrutar del atardecer con algún zumo de mango, papaya o granada entre las manos. Nosotros pasamos en ocasiones más de tres horas en la misma mesa, viciándonos y cabreándonos con el ajedrez.
En los alrededores de las redes se extiende un mercado de pescado, los restaurantes junto a él ofrecen cocinarlo por una pequeña cantidad de rupias, aunque nosotros sabíamos que el pescado vendido ahí era cinco veces más alto que si se iba al mercado local, pero eso lo sabíamos nosotros, los turistas que se acercaban en masa a ver las redes accedían a pagar el precio que se les pidiera por un pequeño tiburón, un manojo de gambas tigre o algún lenguado que luego disfrutarían en algún restaurante.
Algo más allá, dejando el mar, cuatro o cinco calles estrechas invitaban al paseo, todas casas bajas, de distintos estilos coloniales y la mayoría de ellas convertidas en hostales, a precio doble o triple que en el resto de India. Más allá del influjo turístico merece la pena perderse por la zona colonial, antiguas casonas holandesas o portuguesas se extienden por calles con frondosa vegetación y grandes espacios abiertos, donde los chavales juegan a crícket o fútbol y los locales pasean tranquilamente en bicicleta. Todo ello entremezclado con otros testimonios de la presencia colonial, antiguas iglesias, cementerios cristianos con lápidas cubiertas de musgo y demás señales.
En nuestra primera etapa asistimos a una actuación de Khatakhali, un centenario arte de actuación, teatro y mimo, pero para eso ya hacemos un especial.
Y también en nuestra primera visita conocimos el antiguo barrio judío de Cochin, que se situaba a unos tres kilómetros andando hacia el interior. Una calurosa y sudorosa mañana decidimos acercarnos andando hasta el mismo, para ello atravesamos parte de la ciudad por su parte menos turística, cogiendo la animada calle del bazar, que corría paralela al mar, las verdulerías, fruterías, tiendas de ferretería o especias se apelotonaban a ambos lados de la calle, dándonos de nuevo todo el sabor de India, que parecía haberse disipado.


