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Decidimos pasar nuestro último día en Jodhpur haciendo una excursión en jeep para visitar a los Bishnoi, una tribu del desierto del Thar conocida por su extrema actitud ecológica y que vive en una zona a 40 kilómetros de la ciudad. Cogimos el jeep a las 7 de la mañana, iba con nosotros un turisa local jubilado, procedente de Calcuta y que, aunque en un principio resulto agradable, acabo siendo un poco pesado haciendo preguntas de todo tipo, algunas de ellas un tanto indiscretas, a Silvia acabó por sacarla de quicio. Muy pronto abandonaríamos una jodhpur desierta para coger una carretera comarcal que se adentraba en el desierto, camino de nuestra primera parada, el poblado de los Bishnoi en si, pero primero aparcaríamos para ver algunos grupos de camellos que cruzaban la carretera y algún que otro antílope lejanos que en cuanto detectaba nuestra presencia salía corriendo.
Al llegar a la casa del pueblo pareció como si todo estuviese preparado para nuestra visita y en realidad sería así, al fin y al cabo esto era una atracción turística y todas las paradas estaban de antemano prefijadas. Aún así todo resultó natural, nos recibieron dos hombres y una mujer, que emanaban tal caracter, que resultaba imposible que pudieran finjir, estaban por encima de nosotros, los hombres lucían una vestimenta blanca, grandes turbantes y no menos lustrosos bigotes, iban a lo suyo, pero nos recibieron con hospitalidad, la mujer, mientras, calentaba algo en la leña, llevaba un sari y un pañuelo que le cubría la mitad de la cara, su rostro era robusto y estaba cubierto por un largo pendiente que iba de la oreja a la nariz, asi como aparatosos collares dorados. Salió una abuelilla, con más arrugas que años, se sentó frente a nosotros, para la foto que sabía que queríamos hacerla, posó y tras la foto de rigor se fue, sin más, tenía 94 años y supongo que ya estaría cansada de recibir intrusos con cámara compulsiva.
Nos sentamos sobre una especie de manta sobre el suelo y uno de los hombres comenzó a preparar algo en un extraño artilugio, era una especie de infusión de opio, una vez preparado se lo iban vertiendo directamente en las manos, primero entre ellos, luego entre nosotros, ellos repitieron varias veces, sin duda estarían acostumbrados, nosotros fuímos más discretos, al fin y al cabo no sabíamos si los efectos iban a ser muy fuertes, parecía agua sucia y tenía un sabor amargo horrible, nuestro guía no paraba de narrarnos los beneficios del opio, cual si fuera bálsamo de Fierabras. Después permanecimos un rato sentados, observando a los Bishnoi, que continuaban su vida al margen de nuestra presencia, tomamos algunas fotos más y continuamos camino. El guía nos llevo a un recinto, una especie de parque que conmemoraba la rebelión de los Bishnoi, alli nos soltó y allí estuvimos un rato dando vueltas, observando a los elegantes pavos reales e incluso a algún que otro antílope.

