![]() |
| |
Tantas veces habíamos oído hablar de Agonda que casi no nos creíamos que estábamos allí. La primera vez que escuchamos ese nombre fue en Irán, en una estación de servicio cercana a Kashan, aquí Ferdi y Andrea nos comentaron que habían pasado un buen rato en esta playa de Goa, lugar de encuentro para los viajeros en vehículo propio. Al llegar nos encontramos con tres vehículos holandeses: la mercedes de Nico y dos camiones ocupados por dos parejas, una de unos 70 años y la otra cercana a los 40, tres alemanas: la iveco de Hubert y Ana Laura, la de Frank y la mercedes de Walter, al que ya conocíamos de Islamabad, también estaban Oliver y Sonia, dos austriacos con una pequeña furgoneta toyota, y una caravana francesa.
Nosotros aparcamos al sur, junto a Hubert, con acceso directo a la playa. Ellos fueron los que nos prestaron un toldo que nos vino de miedo para poder estar allí a gusto, tenían uno de repuesto, con la ayuda de las palmeras cocoteras nos creamos una sombra que duraba casi todo el día; también colocamos la hamaca y un par de cuerdas para la ropa, era como estar en un camping europeo, rodeado de extranjeros con sus casas móviles, nada que ver con las caravanas que se suelen ver, salvo los franceses.
Las vacaciones fueron placenteras, nos costó un poco despegarnos de nuestro habitual ritmo de viaje, de aquí para allá sin parar en el mismo lugar más de tres noches, nos vino bien el cambio. Por la mañana Rafa preparaba el café y desayunábamos algún bollo recién comprado al panadero, que cada mañana abastece el campamento de pan y dulces. Tras el desayuno seguía un baño en el mar, apacible casi todos los días. Entonces la rutina variaba, cada uno se dedicaba a lo suyo, trabajar un poco en la web, leer, o cocinar; en ocasiones tocaba ir a por agua al pozo, donde las mujeres locales se afanaban con la colada y la higiene personal, de ahí sacábamos el agua para fregar o filtrar. Cada mañana yo me dirigía al pueblo dando un paseo, sin olvidarme del bañador para darme algún baño refrescante a la vuelta, cuando más calienta el sol; me acercaba a la única tienda surtida en verduras y frutas a comprar lo necesario para comer, por último me asomaba al cruce principal donde tres mujeres solían estar apostadas con pescado que sus propios maridos habían capturado horas antes. El primer día tuve premio, unas estupendas gambas por cuarenta rupias, no las volví a ver de ese tamaño en Agonda, otro día lenguados o cualquier otro pescado que me mostraran. El regreso a casa siempre lo hacía por la playa, para no morir de calor, luego tocaba preparar la comida, si no la había dejado lista antes, comer y siesta, Rafa no perdonó ni un día. El sábado era día de mercado en Chaudi, a doce kilómetros, los puestos de pescado rebosaban de diferentes especies, era el momento del regateo y, más tarde, de la barbacoa en la playa.

